Inteligencia artificial y poder geopolítico / II
SOMOSMASS99
José Luis Martínez Rosas* / SomosMass99
Martes 13 de octubre de 2026
Situación y riesgos para México a partir de evidencias en intervención, procesos electorales, guerras en curso y golpes blandos.
1. Marco conceptual: inteligencia artificial, guerra híbrida y golpe blando
Tres tradiciones teóricas permiten leer con rigor los acontecimientos que aquí se analizan. La primera es la teoría de la acción no violenta estratégica sistematizada por Gene Sharp (1973), cuyo repertorio de métodos para deslegitimar gobiernos fue posteriormente absorbido -según la lectura crítica latinoamericana- por agencias y fundaciones estadounidenses como tecnología de cambio de régimen. La segunda es la noción de guerras híbridas desarrollada, entre otros, por Korybko (2015), que describe la combinación secuencial de revoluciones de colores y guerras no convencionales para desestabilizar Estados que obstaculizan los intereses de las potencias. La tercera es el concepto de capitalismo de vigilancia de Zuboff (2019), que explica cómo la extracción masiva de datos conductuales por parte de las plataformas digitales creó la infraestructura material sobre la cual hoy operan tanto la propaganda computacional como la inteligencia militar.
El golpe blando, en la formulación difundida en América Latina, designa una secuencia de fases: 1) ablandamiento mediático, 2) deslegitimación, 3) calentamiento de calle, 4) combinación de formas de lucha y 5) fractura institucional, cuyo propósito se orienta a derrocar gobiernos sin recurrir, al menos inicialmente, a la violencia militar clásica.
En este ensayo se sostiene que la IA ha transformado cualitativamente cada una de esas fases: 1) el ablandamiento mediático se automatiza mediante granjas de bots y contenidos sintéticos; 2) la deslegitimación se personaliza mediante microsegmentación psicométrica; y la fase final (5), cuando el golpe blando fracasa o resulta insuficiente, puede escalar hacia la coerción cinética asistida por IA, como lo demostró el caso venezolano de enero de 2026.
Considerando lo anterior, la guerra cognitiva que consiste en el esfuerzo deliberado por alterar la percepción, la memoria y la capacidad de juicio de poblaciones enteras, es el terreno donde ambos registros se funden (O'Neil, 2016; Zuboff, 2019).
Desde la perspectiva de A. Gramsci (1978), la IA se ha convertido en el más reciente y poderoso artefacto de hegemonía: produce consenso a escala industrial y, cuando el consenso falla, habilita la coerción con precisión quirúrgica (Zuboff, 2019), transformándose en aparato represivo del sistema de dominación (Marini, 1991), fortaleciendo los momentos de consenso y de dominio sobre las sociedades y los Estados.
2. Venezuela: la Operación Determinación Absoluta y la captura de Nicolás Maduro
El 3 de enero de 2026, en la madrugada de Caracas, fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron la operación denominada Determinación Absoluta, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores y su traslado a una corte federal de Nueva York bajo cargos de narcotráfico, mientras Delcy Rodríguez asumía como presidenta encargada de Venezuela (France 24, 2026). El operativo, precedido por bombardeos simultáneos en al menos cuatro puntos de la capital y otros dos estados, dejó decenas de muertos -83 según el Ministerio de Defensa venezolano- y constituye la intervención militar directa más grave de Estados Unidos en Suramérica desde la invasión de Panamá en 1989 (La Gaceta, 2026). Más allá del juicio político que merece esta acción violatoria, a juicio de amplios sectores del derecho internacional, de la Carta de las Naciones Unidas y del principio de no intervención, interesa aquí reconstruir su arquitectura tecnológica, porque en ella se condensa el nuevo paradigma de la guerra asistida por inteligencia artificial.
2.1. Construcción algorítmica del patrón de vida
Las reconstrucciones periodísticas coinciden en que la captura fue posible gracias a meses de vigilancia tecnológica sostenida, combinada con fuentes humanas dentro del propio gobierno venezolano. La CIA y el Pentágono siguieron los movimientos del mandatario durante meses mediante vigilancia aérea persistente, con drones capaces de mantener observación casi continua para establecer rutinas, desplazamientos y ventanas de vulnerabilidad; el objetivo, en la jerga de inteligencia, fue construir el patrón de vida del objetivo: horarios, hábitos, rutas y reacciones ante amenazas (El Litoral, 2026). Este tipo de análisis, que en la década de 2000 requería equipos enteros de analistas, es hoy ejecutado en gran medida por algoritmos de aprendizaje automático que procesan señales, imágenes satelitales y comunicaciones interceptadas a velocidades inalcanzables para el ser humano.
La dimensión propiamente operativa fue igualmente algorítmica. Según reportes técnicos, la operación integró más de 150 plataformas aéreas, drones furtivos de baja detectabilidad -entre ellos el RQ-170-, sistemas de guerra electrónica y procesamiento de información en tiempo real, articulados en un sistema digital distribuido en el que cada aeronave, sensor y equipo terrestre captaba, procesaba y compartía datos de forma continua, de modo que las decisiones no se basaron en reportes aislados sino en una imagen dinámica y unificada del teatro de operaciones (Memo, 2026). La ventaja militar, concluyen los analistas, ya no se mide por la cantidad de aviones sino por la capacidad de reducir el tiempo entre detección y acción: esa reducción es, precisamente, la función de la IA militar contemporánea (Expansión, 2026).
2.2. Modelos de lenguaje en el campo de batalla
El elemento más novedoso y más inquietante fue revelado por The Wall Street Journal en febrero de 2026: el Departamento de Defensa estadounidense utilizó el modelo de lenguaje Claude, desarrollado por la empresa Anthropic, durante la planificación y ejecución de la operación, al que habría accedido mediante la alianza de dicha empresa con Palantir Technologies, contratista histórico del aparato de inteligencia estadounidense (La Tercera, 2026). Según el mismo reporte, se trató del primer uso de un modelo comercial de IA generativa en operaciones clasificadas del Pentágono, empleado para procesar la inteligencia necesaria para una extracción de alto riesgo. La empresa se negó a confirmar o desmentir el uso específico, limitándose a señalar que todo empleo de su tecnología debe ajustarse a sus políticas, que prohíben expresamente los usos violentos, el desarrollo de armamento y la vigilancia (Diario Las Américas, 2026).
El episodio ilustra una contradicción estructural del actual ecosistema tecnológico: modelos entrenados y comercializados bajo discursos de seguridad y ética terminan subordinados, vía contratistas militares, a la maquinaria bélica de la potencia hegemónica. Como advirtió la prensa especializada, en el momento en que el código entra en la red clasificada del Pentágono, los principios éticos corporativos quedan subordinados a la razón de Estado norteamericana (La Tercera, 2026).
Para América Latina, la lección es directa: la infraestructura de IA que consumen sus gobiernos, empresas y ciudadanos pertenece al mismo complejo tecnológico-militar que planificó la operación contra un jefe de Estado de la región. La declaración del secretario de Guerra, Pete Hegseth de que el futuro de la guerra estadounidense se escribe con IA, debe leerse literalmente como doctrina y no como una metáfora (Yahoo Noticias, 2026).
3. Brasil: del laboratorio de la desinformación a la regulación pionera
Brasil constituye el caso latinoamericano más instructivo sobre la relación entre IA y procesos electorales, tanto por la gravedad de sus crisis como por la ambición de su respuesta regulatoria. Las elecciones de 2018 y 2022 convirtieron al país en laboratorio continental de la propaganda computacional: redes de disparo masivo por WhatsApp, granjas de bots y contenidos manipulados operaron a escala industrial, primero en favor del bolsonarismo y después en la guerra informacional que desembocó en el asalto a los tres poderes del 8 de enero de 2023, ensayo de golpe alimentado por meses de desinformación sobre un supuesto fraude en las urnas electrónicas. La secuencia brasileña confirma el esquema del golpe blando descrito en la sección 1: primero se fabrica algorítmicamente la percepción de fraude; después se moviliza a la población convencida de esa mentira contra las instituciones.
La respuesta institucional fue notable. Tras constatar la influencia de las noticias falsas y los deepfakes en la opinión pública durante los ciclos de 2018 y 2022, el Tribunal Superior Electoral adoptó en 2023 una regulación específica que obliga a los candidatos a declarar el uso de inteligencia artificial en sus piezas publicitarias y sanciona con severidad la difusión de contenidos sintéticos engañosos, incluyendo la posibilidad de casación del registro de candidaturas (La Silla Vacía, 2025). Estas reglas se aplicaron por primera vez a escala nacional en las elecciones municipales de 2024 -donde proliferaron audios clonados de alcaldes y montajes sexualizados contra candidatas- y constituyen el marco bajo el cual se disputarán las elecciones generales de octubre de 2026, primera contienda presidencial brasileña plenamente celebrada en la era de la IA generativa de consumo masivo.
Brasil demuestra que la regulación electoral de la IA es posible sin censura previa: el principio rector es la trazabilidad (declarar el uso de IA) y la responsabilidad (sancionar el engaño), no la prohibición de la tecnología.
Primera parte en el enlace.
* José Luis Martínez Rosas es psicólogo social y académico mexicano experto en innovación y práctica educativa; investiga sobre geoeducación, geocultura y geopolítica.
Imagen de portada (ilustrativa): Azamat E (@esen_aza) / Unsplash.
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