El momento de liberarse de la 'cautividad de Bruselas'

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El momento de liberarse de la 'cautividad de Bruselas'

SOMOSMASS99

Lorenzo Carrasco*

Jueves 5 de noviembre de 2026


Ucrania, Rapallo y el retorno de los Estados-nación soberanos.

La decisión de Finlandia y Noruega de establecer contacto diplomático directo con Vladimir Putin constituye una indicación significativa de las tensiones que atraviesan la arquitectura política y estratégica de Europa. Aunque no representa una ruptura formal con la Unión Europea ni con la OTAN, pone en duda la conveniencia de mantener a Rusia fuera de los canales diplomáticos mientras busca una salida a la guerra en Ucrania.

El 27 de octubre de 2026, el presidente finlandés Alexander Stubb y el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre mantuvieron aproximadamente 90 minutos de conversaciones con Putin, en consulta con Ucrania, en un esfuerzo por avanzar en nuevas negociaciones. La iniciativa generó reservas en Dinamarca y Suecia, que expresaron preocupación por sus implicaciones para la coordinación europea.

El episodio es especialmente significativo porque involucra a países vecinos a Rusia, con un interés directo en la seguridad de la región báltica y el norte de Europa. La iniciativa puede interpretarse como el reconocimiento de una realidad estratégica: ninguna arquitectura de seguridad continental puede sostenerse indefinidamente sin canales efectivos de comunicación con Moscú.

Pero el acontecimiento plantea una cuestión mucho más profunda: ¿cuánto tiempo más estarán dispuestos los estados europeos a subordinar sus intereses nacionales a una estrategia común cuyos resultados políticos y económicos son cada vez más desastrosos?

Cautivos de una ilusión

Para entender cómo llegó Europa a esta situación, debemos remontarnos a la caída del Muro de Berlín en 1989 y a la disolución de la Unión Soviética en 1991.

El fin de la Guerra Fría fomentó entre sectores influyentes de las élites occidentales la convicción de que comenzaba una nueva era, caracterizada por la predominancia de la democracia liberal, la globalización económica y la creciente integración de los Estados en estructuras supranacionales, concebidas por algunas corrientes de pensamiento como pasos hacia formas de gobernanza global.

A las naciones europeas se les ofreció la perspectiva de paz, prosperidad, libertad de movimiento, mercados ampliados y una mayor influencia internacional mediante la integración política y económica. Estos eran beneficios tangibles, muchos de los cuales sí se materializaron.

Sin embargo, junto a estas promesas, se desarrolló una visión geopolítica mucho más ambiciosa: la posibilidad de consolidar un orden internacional en el que Rusia, debilitada por la desaparición de la Unión Soviética, dejara de ser una potencia capaz de desafiar la primacía occidental.

En ciertos círculos geopolíticos, también se especuló sobre la eventual fragmentación de la Federación Rusa y las oportunidades económicas que podría abrir el acceso a sus enormes reservas de energía, minerales y otros recursos estratégicos.

Por analogía histórica, este escenario recuerda la redistribución del poder, territorio e influencia que siguió al colapso de los imperios otomano y austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial.

¿Hasta qué punto ciertos sectores del liderazgo occidental llegaron a imaginar un resultado similar para Rusia? ¿Qué intereses económicos se esperaba que se beneficiaran de una eventual reorganización de su espacio estratégico?

El premio era simplemente demasiado tentador. La inmensa riqueza energética, mineral y territorial de Rusia alimentaba las expectativas de beneficios extraordinarios en caso de su debilitamiento y eventual fragmentación. La codicia pudo haber hecho el resto: transformar una ilusión geopolítica en una apuesta estratégica, confundiendo los deseos de quienes imaginaban dividir el botín con las perspectivas reales de subyugar a una potencia del tamaño ruso.

Estas son cuestiones fundamentales para comprender la evolución del orden internacional tras 1991. Aunque no hay pruebas suficientes para afirmar que la desintegración de Rusia fuera un objetivo oficial de la Unión Europea o de la OTAN, los intereses de ciertos círculos financieros en la perspectiva de acceder a su inmensa riqueza estratégica merecen un examen mucho más detallado.

La hipótesis crítica es que ciertas élites políticas y económicas, seducidas por las posibilidades de debilitamiento permanente de Rusia y los beneficios que podrían surgir de una eventual fragmentación de su territorio, acabaron siendo cautivas de sus propias expectativas, subestimando la capacidad de recuperación de Rusia y su determinación de preservar la soberanía nacional.

El ascenso de Vladímir Putin al poder fue disipando gradualmente esa posibilidad. La reconstrucción del poder estatal ruso, la recuperación del control sobre los recursos estratégicos y el fortalecimiento militar alteraron las condiciones de la relación de Rusia con Occidente.

Al mismo tiempo, las disputas sobre la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, la seguridad continental y la soberanía de los estados vecinos se intensificaron, culminando finalmente con la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022.

La guerra puso de manifiesto la imposibilidad de mantener indefinidamente la estabilidad europea sobre la base de supuestos estratégicos incompatibles.

Alta financiación, maltusianismo y soberanía política

La evolución de Europa tras la Guerra Fría no puede entenderse sin examinar el creciente papel de las instituciones financieras y los principales gestores internacionales de activos. La liberalización financiera, la globalización del mercado y la expansión de la inversión transnacional ayudaron a transformar la relación entre el poder económico y las instituciones políticas.

En este contexto, las carreras profesionales de dos destacadas figuras políticas europeas son especialmente reveladoras: el presidente francés Emmanuel Macron trabajó como banquero de inversiones en Rothschild antes de asumir las máximas responsabilidades del gobierno; por su parte, el canciller alemán Friedrich Merz presidió el consejo de supervisión de BlackRock Asset Management Deutschland entre 2016 y 2020, la filial alemana de uno de los mayores gestores de activos financieros del mundo.

Ambas carreras ilustran la estrecha circulación de profesionales entre las principales instituciones financieras y los más altos niveles del poder político nacional. Son gobiernos que parecen gozar de mayor popularidad entre los bancos que entre sus propios pueblos.

Gran Bretaña no está exenta de esta relación histórica entre el poder financiero y político. Los vínculos entre la Corona británica y la City de Londres se remontan a siglos atrás, cuando grandes casas mercantiles y bancarias financiaban las necesidades de la monarquía y contribuían a la expansión del poder británico.

Hoy, el rey Carlos III ha expresado públicamente su apoyo a Ucrania, mientras que el gobierno británico mantiene una política de asistencia militar, financiera y diplomática a Kiev, acompañada de sanciones económicas contra Rusia.

¿Hasta qué punto la continuación de la confrontación con Rusia refleja una concepción estratégica del poder británico y cómo se relaciona esto con los intereses económicos y financieros asociados a la City?

La cuestión central es determinar hasta qué punto la proximidad entre las altas finanzas y el poder político influye en las prioridades del gobierno, especialmente cuando las demandas de los mercados financieros entran en conflicto con los intereses productivos y sociales.

Es imposible no recordar la importancia histórica de las grandes casas bancarias europeas tras las Guerras Napoleónicas. La familia Rothschild desempeñó un papel destacado en la financiación del esfuerzo bélico británico y posteriormente consolidó una poderosa red bancaria internacional. Waterloo forma parte de la narrativa histórica de esa ascensión.

A esta relación entre el poder político y las altas finanzas debe añadirse una cuestión subyacente que no debe pasar desapercibida: la persistencia, dentro de ciertos sectores del pensamiento económico y político occidental, de una inclinación maltusiano que tiende a considerar el crecimiento poblacional y las necesidades humanas principalmente como problemas de disponibilidad y gestión de recursos.

Ciertas élites financieras y políticas continúan interpretando las relaciones internacionales desde una perspectiva centrada en el control de recursos escasos, más que en expandir las capacidades productivas y creativas de las naciones.

Este asunto se vuelve especialmente relevante en el contexto de la guerra en Ucrania: cuando los cálculos estratégicos y financieros dejan las consecuencias humanas de una confrontación prolongada en segundo plano, existe el riesgo de que las poblaciones sean tratadas como variables subordinadas a los intereses del poder.

Frente a tal concepción, la tradición del Sistema Nacional de Economía Política, desde Alexander Hamilton hasta Friedrich List, nos recuerda que la mayor riqueza de las naciones no reside exclusivamente en sus recursos naturales o financieros, sino en las capacidades creativas, científicas y productivas de sus pueblos.

La cuestión contemporánea adquiere entonces otra dimensión: ¿quién asumirá las pérdidas económicas derivadas de una eventual reorganización de las relaciones entre Europa, Rusia y Estados Unidos?

Las sanciones, la reducción del comercio energético, la reasignación de inversiones y los cambios en el valor de los activos han producido ganadores y perdedores. Un acuerdo de paz eventual también redistribuiría riesgos, oportunidades y expectativas financieras.

No se puede asumir que los principales fondos de inversión serían necesariamente los principales perdedores. Pero sin duda merece la pena investigar qué sectores financieros se han beneficiado de la confrontación y cuáles podrían ver cómo sus posiciones se ven alteradas por la normalización diplomática.

Los europeos como "mendigos estratégicos"

La prolongación de la guerra ha colocado a Europa en una situación fundamental. Sus gobiernos han comprometido enormes recursos militares, financieros y políticos para apoyar a Ucrania, mientras que Estados Unidos mantiene una influencia decisiva sobre las perspectivas de negociaciones y Rusia preserva la capacidad de moldear la seguridad continental.

Desde una perspectiva crítica, la estrategia de buscar una derrota decisiva de Moscú ha encontrado obstáculos que hacen necesario reevaluar sus objetivos.

La continuación indefinida de la guerra amenaza con profundizar el agotamiento económico, financiero y militar de Ucrania sin necesariamente proporcionar una salida política al conflicto.

La destrucción de infraestructuras energéticas, industriales y de transporte, agravada por las dificultades de suministro durante el invierno, amenaza con agravar aún más la crisis humanitaria de Ucrania.

Cabe preguntarse si algunos de los defensores más entusiastas de mantener indefinidamente la estrategia actual de apoyo militar también calculan que la tragedia humanitaria que se agrava podría generar una mayor movilización pública a favor de sus gobiernos y la continuación del conflicto.

Si se produjera tal instrumentalización del sufrimiento humano, nos enfrentaríamos a una contradicción cruel y profundamente inhumana: convertir las consecuencias de la guerra en argumentos políticos para prolongarla.

Tal cálculo sería compatible con una concepción maltusiana extrema en la que la población deja de ser considerada como el principal sujeto y beneficiario del desarrollo y pasa a ser una variable subordinada a la gestión de recursos, los equilibrios de poder y los intereses estratégicos.

Cuando el sufrimiento de los pueblos se incorpora a los cálculos políticos como un coste manejable, la razón de Estado corre el riesgo de convertirse en una forma de deshumanización.

No se puede afirmar que el resultado militar haya sido determinado de forma definitiva. No obstante, la prolongación de la confrontación incrementa los costes humanos, económicos y territoriales, al tiempo que hace que una solución diplomática capaz de evitar una catástrofe aún mayor sea cada vez más urgente.

Desde la perspectiva crítica que guía este ensayo, debe prestarse especial atención a la influencia de aquellas concepciones atlantistas que confiaban en que la confrontación podría culminar en un debilitamiento decisivo de Rusia, sin calcular adecuadamente los costes humanos y estratégicos de una guerra prolongada.

La devastación de Ucrania y el sufrimiento de su población no representan una solución beneficiosa para nadie: ni para los ucranianos, ni para Rusia, ni para Europa.

Y es precisamente Europa la que corre el riesgo de asumir una parte considerable de las consecuencias económicas y estratégicas del conflicto sin poseer una capacidad equivalente para determinar su resultado.

Estados Unidos, China y Rusia, a pesar de sus rivalidades, mantienen centros nacionales de toma de decisiones capaces de formular estrategias independientes. La Unión Europea, en cambio, reúne a países cuyos intereses no siempre coinciden, mientras que la OTAN sigue dependiendo en gran medida de las capacidades estadounidenses.

Si Europa no logra reconstruir su iniciativa diplomática y económica, corre el riesgo de convertirse en una comunidad de mendigos estratégicos, exigiendo un lugar en las negociaciones cuyas decisiones fundamentales puedan tomarse principalmente en Washington, Moscú y Pekín.

La gravedad de esta perspectiva radica en que Europa aún posee enormes capacidades industriales, científicas, tecnológicas y culturales, pero podría acabar careciendo de la autonomía política necesaria para traducirlas en influencia internacional.

El peligro no es simplemente perder una guerra o una negociación, sino ser marginado en la construcción del orden mundial que surgirá tras el conflicto.

Rapallo: Escapando de la camisa de fuerza de Versalles

Aquí adquiere un significado extraordinario el precedente del Tratado de Rapallo, firmado el 16 de abril de 1922 entre la República de Weimar y la Rusia Soviética.

Ambos países habían sido marginados, por diferentes razones, dentro del orden europeo que surgió tras la Primera Guerra Mundial. Alemania estaba sometida a las restricciones territoriales, militares y financieras del Tratado de Versalles, mientras que Rusia enfrentaba un profundo aislamiento diplomático y económico tras la Revolución Bolchevique.

Rapallo fue una iniciativa mediante la cual dos estados excluidos del centro de la toma de decisiones europea recuperaron la libertad diplomática de acción, desafiando las limitaciones del orden angloamericano establecido.

El acuerdo restauró las relaciones diplomáticas y consulares, eliminó ciertas reclamaciones recíprocas y estableció el principio de nación más favorecida para las relaciones comerciales y económicas.

También estuvo asociada a una cooperación militar posterior que permitió a Alemania eludir algunas de las restricciones impuestas por Versalles, una circunstancia que revela los riesgos inherentes a los entendimientos alcanzados fuera del marco de otros actores europeos.

Pero su principal lección para nuestro análisis reside en la recuperación de la iniciativa nacional. Alemania encontró una forma de escapar parcialmente de la camisa de fuerza impuesta tras la Primera Guerra Mundial, mientras que Rusia logró romper su aislamiento.

Un siglo después, Alemania se enfrenta a restricciones de una naturaleza muy diferente. Bruselas no es Versalles: las instituciones de la Unión Europea surgieron de tratados aceptados por sus estados miembros y otorgan derechos, recursos y mecanismos de participación que no existían en el sistema posterior a 1919.

No obstante, la comparación nos permite plantear una pregunta provocadora: ¿podría una nueva iniciativa diplomática germano-rusa ayudar a superar algunas de las rigidez estratégicas que actualmente limitan la autonomía de toma de decisiones de Alemania?

La ruptura económica con Rusia tras 2022 afectó profundamente una relación energética y comercial que durante décadas contribuyó al funcionamiento de la industria alemana.

Una eventual reconstrucción de esa cooperación, condicionada a acuerdos que garanticen la paz y seguridad de Ucrania y otros países europeos, podría restaurar las oportunidades industriales, comerciales y tecnológicas.

La propuesta no consistiría en repetir mecánicamente Rapallo, sino en recuperar su principio de iniciativa diplomática: buscar acuerdos mutuamente beneficiosos incluso en medio de profundas diferencias políticas.

Alemania y Rusia: La cuestión decisiva de la paz europea

Las relaciones entre Alemania y Rusia han ocupado un lugar central en el equilibrio de poder europeo durante siglos. Cuando estas dos potencias han logrado establecer relaciones estables, han surgido importantes oportunidades para la cooperación económica continental. Cuando han entrado en confrontación, las consecuencias han sido especialmente graves.

Un nuevo entendimiento germano-ruso, acompañado de garantías verificables para Ucrania y los estados situados entre ambos países, podría convertirse en una de las bases de una arquitectura de seguridad europea más estable.

Sin embargo, un acuerdo bilateral impuesto a expensas de otros pueblos no sería suficiente. Las lecciones de la historia europea hacen esencial reconocer que una paz duradera requiere respeto por la soberanía de cada nación implicada.

La restauración de las relaciones económicas entre Alemania y Rusia podría ayudar a reducir los incentivos para la confrontación, fortalecer la producción industrial y abrir nuevas áreas de colaboración.

En este sentido, un entendimiento germano-ruso integrado en un acuerdo de seguridad continental podría constituir una garantía importante de paz para Europa.

La cuestión es si Berlín mantendrá suficiente autonomía política para explorar esta posibilidad o si seguirá limitada por una estrategia de confrontación cuyos costes económicos y diplomáticos son cada vez más difíciles de gestionar.

Estados Unidos, China y el regreso de la economía nacional

Estados Unidos enfrenta sus propias contradicciones. Dentro y fuera de la administración Trump, coexisten diferentes concepciones sobre las relaciones con Rusia, la competencia estratégica con China y el futuro de la globalización.

Una posibilidad que se está discutiendo es que un acercamiento económico y diplomático entre Washington y Moscú podría ayudar a reducir la dependencia de Rusia respecto a Pekín. La viabilidad de tal estrategia sigue siendo incierta, especialmente dada la profundidad de los lazos que Rusia y China han desarrollado en los últimos años.

Mientras tanto, China sigue defendiendo públicamente elementos esenciales de la globalización comercial, incluso mientras mantiene una fuerte intervención estatal en su propia economía.

Estados Unidos, por su parte, ha reactivado instrumentos de protección industrial, aranceles y políticas de seguridad económica.

Este cambio aporta una renovada relevancia al sistema nacional de economía política, históricamente asociado con Alexander Hamilton y Friedrich List, que prioriza el desarrollo productivo, la infraestructura, la tecnología y el crédito orientados a la economía real.

Para Europa, el reto es recuperar sus propias capacidades económicas sin renunciar a las ventajas de una cooperación internacional equilibrada.

La soberanía no requiere aislamiento, pero sí requiere una capacidad eficaz para tomar decisiones sobre el desarrollo industrial, la energía y los intereses fundamentales de la sociedad.

El tiempo de recuperar la soberanía y el arte de la diplomacia

La iniciativa de Finlandia y Noruega puede indicar que algunos gobiernos europeos están empezando a reconsiderar las limitaciones de una política exterior subordinada a posiciones colectivas que no siempre producen resultados diplomáticos.

Esto aún no es una rebelión contra Bruselas, ni un abandono de los compromisos "atlanticistas". Pero plantea una pregunta que llega al futuro de Europa: ¿qué significado tiene la soberanía nacional si los Estados carecen de la capacidad para establecer los contactos necesarios para preservar su propia seguridad?

El posible agotamiento de las expectativas geopolíticas que surgieron tras 1991 requiere una reevaluación de la relación entre las instituciones supranacionales, el poder financiero y los intereses nacionales.

La promesa de un orden internacional integrado de forma permanente no eliminó las rivalidades entre las grandes potencias, ni superó los requisitos históricos de soberanía nacional, seguridad y desarrollo económico.

La lección de Rapallo no es reproducir los acuerdos de 1922, sino recordar que incluso sistemas internacionales aparentemente rígidos pueden transformarse mediante iniciativas diplomáticas capaces de reconocer intereses recíprocos.

Un entendimiento duradero entre Alemania y Rusia, acompañado de garantías efectivas para Ucrania y otros pueblos europeos, podría contribuir decisivamente a la construcción de una nueva arquitectura de seguridad continental.

Pero lograr esto requerirá más que reemplazar a un grupo de líderes por otro o cambiar las prioridades de Bruselas.

Tras las ilusiones del "Fin de la Historia" y ese supuesto mundo nuevo y valiente que prometía una globalización irreversible bajo una gobernanza cada vez más supranacional, quizás tengamos que retroceder al menos treinta años en el reloj de la historia y convocar una vez más las viejas escuelas de la diplomacia, cuyo oficio fue progresivamente desplazado en gran parte de Occidente, dejando el escenario de las grandes decisiones estratégicas en manos de figuras delirantes y aprendices de hechicero.

Será necesario recuperar el arte de negociar entre Estados soberanos, reconocer la legitimidad de intereses nacionales diferentes, construir equilibrios de poder y establecer compromisos verificables con la seguridad mutua.

No se trata de volver a la Guerra Fría, sino de recuperar una lección que ese periodo enseñó a sus protagonistas: la diplomacia existe precisamente para encontrar acuerdos entre potencias que no comparten los mismos intereses, sistemas políticos o cosmovisiones.

La tarea inmediata sería reconstruir canales permanentes de diálogo, restaurar instrumentos de control de armamento y reducción de riesgos, negociar garantías de seguridad que incluyan a Ucrania y, sobre esa base, abrir posibilidades para reactivar las relaciones económicas europeas.

Esta sería la dimensión práctica de la recuperación de la soberanía: transformar el reconocimiento de los intereses nacionales en iniciativas de paz, cooperación productiva y la reconstrucción del equilibrio continental.

Porque la elección no es entre diplomacia y soberanía, sino entre ejercer ambas o resignarse a la irrelevancia estratégica.

Europa aún posee los recursos humanos, industriales, tecnológicos y culturales necesarios para participar de forma decisiva en la configuración del futuro. Pero debe recuperar la capacidad de pensar y actuar políticamente, sin confiar su destino a las ilusiones de una historia que supuestamente había llegado a su fin.

De lo contrario, sus grandes naciones corren el riesgo de convertirse en "mendigos estratégicos", buscando un lugar en la mesa donde otras potencias decidan el futuro de su propio continente.

El momento de liberarse del cautiverio de Bruselas podría significar mucho más que reclamar la soberanía nacional: podría ser el momento de devolver a Europa el arte olvidado de la diplomacia, permitiéndole volver a ser protagonista de su propia historia.


* Lorenzo Carrasco es columnista de la revista Octubre y presidente de Solidaridad Iberoamericana (MSIa).

Fuente: Strategic Culture Foundation.

Foto de portada: Strategic Culture Foundation.



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