¿Por qué Trump recicla la narrativa del "fantasma del comunismo"?
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Redacción* / SomosMass99
Jueves 20 de agosto de 2026
Una nueva (y vieja) cruzada: Incapaz de resolver sus fracturas internas y habiendo agotado la coartada de la "guerra contra el narcoterrorismo", Washington acude a los fantasmas del pasado para tapar los fracasos del presente
Tras el estancamiento militar en el frente iraní y el fracaso operativo de la campaña de bombardeos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, la Casa Blanca ha reorientado su narrativa hacia un dispositivo clásico de la Guerra Fría: el combate al comunismo.
Este giro discursivo responde a la necesidad de construir un enemigo externo que enmascare la profunda crisis política, económica y existencial que atraviesa el modelo estadounidense, lo que ha delineado las condiciones de vida de la población.
Crisis del modelo político estadounidense: Lo que dicen las encuestas y analistas
El tejido social y político de Estados Unidos muestra fracturas estructurales que las recientes encuestas documentan con claridad. Recientemente una consulta de CBS News y YouGov reveló que 58% de los simpatizantes demócratas mantiene una visión más favorable del socialismo que del capitalismo, frente a 32% que prefiere el sistema de libre mercado. El rechazo al capitalismo alcanza 50% entre los votantes demócratas, mientras que el socialismo solo genera una percepción negativa en 18% de ese electorado.

El fenómeno va más allá de la afiliación partidista tradicional, como lo muestran datos del Pew Research Center en los que la tipología política estadounidense aparece fragmentada en nueve grupos ideológicos distintos. Esto evidencia la crisis del bipartidismo clásico.

El Instituto Cato registra que 38% de los menores de 30 años tiene una opinión favorable hacia el comunismo, cifra que se eleva a 53% cuando se consulta sobre el socialismo entre la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012). Una encuesta de Fox News, de marzo pasado, mostró que 38% de la población considera positivo que el país se aleje del capitalismo, un récord histórico.

Un análisis de Carlos Puelma, publicado en enero pasado en Tribuna de México, identifica la raíz de este desplazamiento ideológico. Se refiere a una "furia económica" alimentada por la mayor desigualdad en un siglo, rentas incontrolables, endeudamiento estudiantil crónico y una economía que la mayoría percibe como injusta. Esto, junto con el agotamiento de la "narrativa woke", habría creado un caldo de cultivo para que el discurso anticomunista sea una válvula de escape para las tensiones internas.
Por otra parte, la aprobación de Trump se mantiene en niveles críticos: apenas 37% de los adultos respalda su gestión, según una encuesta de Ipsos/Reuters. Ya en julio pasado se reseñaba una "guerra civil interna" que consume tanto al Partido Demócrata como al Republicano. El ascenso de figuras como Zohran Mamdani en Nueva York y candidatos socialistas demócratas en primarias de diversos estados refleja un rechazo al establishment, lo cual trasciende las categorías ideológicas convencionales.
Frente a este escenario, analistas como David Brooks advierten que las ideologías sucesoras del neoliberalismo se encuentran "en proceso de desintegración". Otros expertos destacan que la estrategia de Washington consiste en utilizar las tensiones globales como mecanismo de distracción sistémica frente a una crisis interna existencial.
¿Esquivando el fracaso de "Lanza del Sur"?
En septiembre de 2025 la administración Trump inició la operación "Lanza del Sur", una campaña militar que autorizó el uso de fuerza letal contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas en el Caribe y el Pacífico oriental. Hasta julio pasado, según registros de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), se han ejecutado 67 ataques contra embarcaciones, las cuales han causado la muerte de 221 personas en 63 eventos distintos.
El presidente Trump ha proclamado repetidamente que estos bombardeos han "prácticamente acabado" con el narcotráfico marítimo hacia territorio estadounidense. Sin embargo, una evaluación no publicada de la Administración para el Control de Drogas (DEA), citada por el Washington Post, concluye que los embates no han afectado el suministro ni el precio de la cocaína, y los grupos criminales han desarrollado nuevas estrategias operativas.
Los narcotraficantes han abandonado el uso de lanchas rápidas en aguas internacionales, han optado por embarcaciones de mayor calado en rutas costeras y, significativamente, por el transporte aéreo desde pistas clandestinas en la frontera colombo-venezolana hacia Guyana y Surinam, con lo cual eluden el radio de acción militar estadounidense. Los datos son elocuentes:
- Las embarcaciones interceptadas o destruidas mediante bombardeos representaban menos de 5% del total de narcóticos movilizados hacia el mercado estadounidense.
- Según el New York Times, los datos de mercado confirman la ineficacia de la operación dado que los precios de la cocaína en las calles estadounidenses se mantienen estables entre 60 y 100 dólares por gramo, sin variaciones atribuibles a los bombardeos.
- Las incautaciones reportadas por Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) incluso aumentaron 2%, pasando de 25,69 toneladas en los diez meses previos a los ataques, a 26,17 entre septiembre de 2025 y junio de 2026.
En marzo pasado el jefe del Comando Sur, Francis Donovan, había reconocido ante el Comité de Servicios Armados del Senado que "los bombardeos no son la respuesta" y que constituyen apenas una herramienta dentro de un enfoque de campaña más amplio.

El simple hecho de que se hayan agredido embarcaciones no ha reducido ni la pureza ni la disponibilidad de la cocaína y el fentanilo, lo que dejaría al descubierto que el verdadero propósito de estas acciones no era la lucha antidrogas sino un despliegue de fuerzas con fines políticos; tanto Venezuela como otros países de la región han sido víctimas de esta estrategia. Ante la ausencia de resultados tangibles, el gobierno de Trump ha optado por cambiar el tablero de juego, por lo cual ya no se trata de un "combate" antidrogas sino ideológico.
Reciclando el fantasma del comunismo
Durante las conmemoraciones del 250 aniversario de la independencia estadounidense en julio pasado Trump pronunció las palabras "comunismo" o "comunistas" 14 veces en un discurso de treinta minutos en el Monte Rushmore, y las calificó como "la peor amenaza para nuestro país desde la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o el 11 de septiembre".
Posteriormente, el 16 de julio el secretario de Estado Marco Rubio convocó en Washington una "Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político" con delegados de 66 países. En su discurso Rubio equiparó el comunismo con "un resentimiento ponzoñoso disfrazado con el lenguaje de la igualdad", y anunció restricciones de visas contra personas vinculadas con organizaciones de "extrema izquierda", además de prometer coordinación transfronteriza de inteligencia policial.
Cuatro días después el Departamento de Estado publicó un informe de cien páginas titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, en el que se invierten los roles históricos al acusar a la isla bloqueada durante 67 años de librar "una guerra integral contra Estados Unidos". La respuesta del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba calificó dicho informe como un "mediocre panfleto de propaganda" y señaló la hipocresía en acusar a La Habana de subversión cuando Washington destina anualmente decenas de millones de dólares a programas de cambio de régimen.
El analista Derek Landeros identifica esta transición narrativa como el "retorno del miedo rojo", una estrategia electoral dirigida a la base MAGA y al electorado cubano-estadounidense en estados claves como Florida y Texas. Otro investigador, Austin Sarat, profesor de jurisprudencia en Amherst College, explicó a CNN que Trump utiliza el término como sinónimo de "antiestadounidense", sin importar las ideologías específicas de sus oponentes.
El estudioso cubano José Ernesto Nováez describe este giro como una "cortina de humo" destinada a desviar la atención del extremismo violento doméstico de derecha de diversas facciones del Ku Klux Klan, el Patriot Front, The Base y milicias antigobierno como los Oath Keepers y los Three Percenters, que según el CSIS perpetró 66% de los ataques terroristas en 2020, frente a 23% de la extrema izquierda.

La paradoja es que mientras el discurso de Trump oscila entre el narcoterrorismo y el comunismo su administración indultó en diciembre de 2025 al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico en tribunales estadounidenses, y mantiene relaciones pragmáticas con gobiernos latinoamericanos de diverso signo ideológico según convenga con sus intereses inmediatos.
América Latina entre riesgos y contradicciones
La nueva doctrina anticomunista de Washington presenta riesgos significativos para América Latina. La designación de 20 grupos criminales como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO) —número que eleva el total regional de 4 a 24— borra deliberadamente la distinción legal establecida por la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, que define el crimen organizado por su móvil de lucro, mientras que el terrorismo requiere un propósito político.
Según analiza Diana Valido Cernuda, el esquema propuesto por Rubio operaría en tres frentes:
- Asfixia financiera mediante la fiscalización de fondos de ONG y movimientos sociales.
- Restricción migratoria como mecanismo de castigo ideológico.
- Subordinación de las agencias de seguridad nacionales a las Fuerzas de Tarea Conjunta contra el Terrorismo (JTTF) del FBI.
Esta última medida institucionalizaría la injerencia en la política doméstica de los países participantes y condicionaría la cooperación bilateral al intercambio de datos biométricos y listas de vigilancia. Todo ello hace rememorar el Plan Cóndor instrumentado entre los años 70 y 80 del siglo pasado.
La selectividad en la aplicación de esta doctrina evidencia su naturaleza instrumental porque, mientras se presiona a gobiernos no alineados, se mantienen relaciones pragmáticas con aliados estratégicos y se indulta a figuras condenadas por narcotráfico cuando resulta conveniente. Esta inconsistencia confirma que el objetivo no es combatir el crimen transnacional sino disciplinar la región bajo un marco ideológico que permita criminalizar movimientos sociales, protestas legítimas y gobiernos que mantengan políticas soberanas.
América Latina encuentra en la inversión de infraestructuras de potencias emergentes —como China o Rusia— un salvavidas económico, por lo que forzar a los gobiernos de la región a tomar partido bajo una lógica maniquea —capitalismo versus comunismo— fragmenta las economías de la región e invalida sus políticas de desarrollo soberano.
El riesgo más inmediato es la escalada militar bajo pretexto antiterrorista. Al expandir la definición de "terrorismo" para incluir movimientos políticos y sociales, Washington construye un expediente de "amenaza inminente" que podría justificar futuras intervenciones o cambios de régimen.
De esta manera la región enfrenta una encrucijada en la que la mayoría de sus gobiernos mantienen alianzas con Washington, pero la nueva narrativa estadounidense amenaza con subordinar la cooperación hemisférica a una lógica de Nueva Guerra Fría que criminaliza la disidencia política y vulnera los principios de no intervención y autodeterminación.
El fantasma del comunismo, reciclado como dispositivo de control, sirve simultáneamente para evadir la crisis interna estadounidense y para imponer una hegemonía declinante sobre América Latina, considerada desde Washington como su patio trasero.
* Fuente: Misión Verdad, un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales.
Imágenes de portada e interiores: Vía Misión Verdad.
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