Piensa, yanqui
SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey* / SomosMass99
Viernes 5 de junio de 2026
Aun cuando los niveles de desaprobación a la gestión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos son elevados, todo indica que esa tendencia se mantendrá como consecuencia de la desatención del gobierno a los problemas que afectan a amplios sectores de su población, a los que, pareciera, el gobierno estadounidense asigna bajas prioridades e insuficientes recursos por dedicarse a recuperar la hegemonía que ha visto disminuida por una prolongada crisis estructural y un proceso de decadencia ocasionados por las contradicciones internas y externas propias del sistema capitalista.
Estados Unidos devino potencia hegemónica al finalizar la Segunda Guerra Mundial y desde esa época ha hecho de la guerra ─participando directamente o promoviéndola─ el gran negocio para los grandes capitales vinculados al complejo militar industrial. Además, su poderío económico y militar lo ha empleado para someter a otros pueblos, explotarlos y despojarlos de sus riquezas. Ante su declinación como potencia imperialista no ha tenido más reacción que el empleo de lo que históricamente ha hecho: la guerra.
Sin embargo, el mundo ha cambiado y han surgido países que le compiten en muchos aspectos, y en no pocos lo superan, como el caso de China. Es por ello que actualmente Estados Unidos necesita fortalecerse para enfrentar los retos que representa el ascenso del país asiático.
Y ahora, a causa de dos conflictos bélicos en los que está involucrado, se encuentra metido en un atolladero del que necesita salir con urgencia para atender sus problemas internos y externos. Uno de esos conflictos es la guerra que provocó entre Ucrania y Rusia; y el otro, la que en unión con Israel emprendió contra Irán; en ambos fracasaron las previsiones y no se cumplieron los objetivos, lo que ha generado enormes costos ─materiales y humanos─ para los pueblos agredidos y la agudización de contradicciones a nivel interno en Estados Unidos.
En busca de esa fortaleza el imperialismo yanqui ha decidido tomar el control de todo el continente americano con objeto de apoderarse de materiales y territorios estratégicos que necesita para relanzar ─en su afán de dominar el mundo─ su doctrina del Destino Manifiesto.
Para ello debe eliminar cualquier asomo se oposición a su dominio y desobediencia a sus dictados en los pueblos que conforman, sobre todo, la América Latina y el Caribe. Entre esos pueblos se encuentran los de países con gobiernos progresistas o de izquierda, contra los que lleva a cabo una política de injerencismo, amenazas, sanciones e intervenciones ─directas o veladas─ para instaurar regímenes alineados a sus intereses.
En este contexto merece atención especial la política imperialista hacia Cuba, país que al ver frustrada su independencia por la intervención militar imperialista yanqui, en su guerra contra España, vivió desde 1898 hasta 1958 como una neocolonia de Estados Unidos, condición que terminó al triunfar la Revolución el 1 de enero de 1959.
Con el triunfo revolucionario Cuba se despojó de la tutela del imperio y rompió la estructura de dominación capitalista que la mantenía, como a casi todos los países de Latinoamérica y el Caribe, dependiente y sometida a los intereses y dictados de Estados Unidos.
Ese rompimiento significó un ejemplo de dignidad y soberanía para muchos pueblos en el mundo y fue inadmisible e intolerable para la mayor potencia imperialista, la que desde el triunfo de la Revolución ha tratado por diferentes medios de someter a Cuba nuevamente bajo su control.
Han probado con sanciones económicas y comerciales; sabotajes; financiamiento y armamento a bandas contrarrevolucionarias; acciones terroristas; una invasión mercenaria ─derrotada en 66 horas─; la imposición (febrero de 1962) de un bloqueo ─eufemísticamente llamado «embargo»─ económico, comercial y financiero, bloqueo que han reforzado con diversos mecanismos (Ley Torricelli, Ley Helms-Burton, lista de países patrocinadores de terrorismo, designación como amenaza inusual y extraordinaria, bloqueo energético, entre otros); además de presiones y sanciones a entidades comerciales, industriales, turísticas y financieras para que rompan vínculos con la isla; y con el despliegue de una guerra mediática, propagandística y cognitiva, lanzar constantes amenazas y acciones de carácter terrorista contra Cuba.
El objetivo del imperialismo yanqui es provocar desabasto, carencias y agudizar todo tipo de problemas para crear descontento y desesperanza entre el pueblo y oponerlo al gobierno revolucionario, al grado de que ante la opinión pública estadounidense y la internacional se justifique una intervención militar con fines «humanitarios».
También, como pretexto para una invasión militar, han construido una acusación contra Raúl Castro, responsabilizándolo por el derribo de dos avionetas en momentos en que violaban el espacio aéreo de Cuba, lo que causó el fallecimiento de cuatro personas (hecho que ocurrió el 24 de febrero de 1996, después de múltiples incursiones violatorias de la soberanía de la isla y de advertencias a las autoridades estadounidenses, el presidente Clinton incluido).
A la obsesión por doblegar al pueblo cubano y su Revolución se suma la necesidad del actual gobierno yanqui de poder presumir una «victoria» militar ─algo que hace mucho tiempo no han podido alcanzar─ y utilizarla como propaganda en el marco de la elección legislativa de noviembre próximo y evitar una derrota del partido republicano.
Es en este contexto en el que Estados Unidos arrecia sus amenazas y estrecha el asfixiante cerco contra Cuba. Piensan que su superioridad militar y tecnológica les puede asegurar un fácil y rápido triunfo. Con esa superioridad pueden, sin duda, ocasionar serios daños, pero para controlar el territorio necesitarán desembarcar y eso, como dicen los cubanos, «son otros veinte pesos», porque no es lo mismo atacar objetivos desde un sillón frente a una consola de mando, que tener enfrente a un pueblo que no quiere regresar al pasado y está dispuesto a defender su dignidad, independencia y soberanía.
Además, una agresión militar a Cuba sería considerada por muchos pueblo como si se realizara contra ellos, con lo que tal agravio convertiría a muchas empresas e instalaciones estadounidenses en el mundo como objetivos legítimos a atacar.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba y del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Misiones Diplomáticas de Cuba.
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