Los peludos insubordinados de Colundia y Lomitas
SOMOSMASS99
Anaïck Folange Téry*
Martes 26 de mayo de 2026
La noticia corrió muy rápido entre nosotros. Justo al salir el sol, se oyeron los primeros avisos, ladridos lejanos que se escuchaban de Colundia hasta Lomitas: ¡a Miel la operan en la tarde!

Se regó rápidamente la historia calle por calle, de casa en casa, a todas las guaridas. Paré las orejas a todo lo que daban, y sí, se estaba confirmando el dato, los ladridos de esta mañana eran más intensos y todos decían lo mismo: ¡A Miel se la llevan al veterinario, que la operan, que la operan! Las ardillas de nuestros grupos - ellas siempre muy chismosas- chillaban más que nunca, brincando de rama en rama, nerviosas, apresuradas. “Al rato la dejan con el veterinario, se lo dijo su dueña!”.
Me empecé a poner un poco inquieta – ¡a todos nos espantan las visitas al veterinario- y bueno, para una operación, ni se diga! Apenas estaba amaneciendo y ya ladraban muchos, yo necesitaba salir al jardín, solo que mi dueña seguía dormida y la puerta estaba cerrada. La urgencia de ladrar y contestarle a mis amigos se hizo más y más fuerte, empecé a emitir sonidos lo más quedito que pude, roncos y continuos, replicando la noticia yo también, para avisarle a los peludos que viven pasando mi casa. A relevos de ladridos nos platicamos los perros, de hogar en hogar, cuadra por cuadra, hasta que todos estuvieran enterados.

Al interior de la casa, desde las clases en línea, aprendí a no ladrar, y logré murmurar, algo parecido a un ladrido sordo, para no interrumpir los estudios de los chicos. Mi dueña, a la que llamo “Jefa”, dijo que era la perrita más inteligente del mundo por aprender a ladrar en voz bajita. Sin embargo ahora, en este instante, tenía que replicar y ladrar fuerte, para que se enteren los demás. Era como un pacto entre peludos, ladrar para los demás y nunca callar. “!Que operan a Miel, hoy!”, gruñí poderosamente, rascando la puerta frenéticamente, como si así fuera capaz de abrirla.
A dos casas de aquí me contestó Rocky. Él es un Pitbull Blue, simpático, achaparrado y macizo como yo, y aunque él podría morder una llanta de coche y reventarla sin problema, es un bonachón muy tranquilo. “¿Eveecha, amiga, ya estás afuera?”

“No, Rocky, sigo en la casa, no me abren, siguen dormidos, caray, y me urge salir”.
“Ay, Eveecha, fuerza, fuerza, aguanta, y ya sabes, no te vayas a hacer pipí en el tapete del baño, como ayer”, vociferó Rocky con un ladrido-carcajada. No me dio nada de gracia su comentario y paré las orejas, respingué los bigotes y ericé el pelaje del lomo. Para colmo, Ninjitzu, la ardilla de mi casa, se acercó a la ventana, y desde las ramas altas del hibisco me miró burlona y soltó: “Eveecha pipisa, Eveecha pipisa”. Yo, enfurecida, no aguanté más, y por supuesto que volví a ladrar, ahora sí claro y fuerte, a rugido desatado: “¡Calla Ninjitzu, o te comeré la cola en cuanto salga!”. Ninjitzu ofuscada saltó de su rama, echándome una mirada de rabia, y se fue a casa de la perrita vecina para contarle. Con tanto alboroto mi Jefa por fin se levantó, me miró y suspiró. Me abalancé otra vez sobre la puerta, ladrando más fuerte. “¡Eveecha, espera, qué onda, ya para!”, soltó la Jefa toda despeinada, “¡hazte a un lado, con un chichuahua, no puedo pasar!”.

Incliné la cabeza de lado, mirándola sorprendida: “¿otra vez quieres que me vaya con un Chihuahua, Jefa? ¿Pero… no que no los puedo corretear? ¿O cómo? Y otra vez viajando por el aire, llegó directo a mis oídos a través de la ventana, un ladrido de Rocky: “!chihuahua no quiere decir Chihuahua!”, levanté la ceja disgustada, y no contesté. Lo peor es que ahora todos los peludos de la calle repetían: “A Miel la operan y Eveecha tiene un amigo chihuahua que no es Chihuahua”. Por fin me abrieron la puerta, y salí como bólido a dar tres vueltas al jardín, a olfatear todo y a ladrar, ahora sí, con toda libertad. Vi a Ninjitzu y la correteé, le ladré al gato del vecino, me contestaron todos los peludos de mis alrededores y de pronto me detuve de golpe: se escuchaban ladridos diferentes desde Colundia.
En ese instante todos los perrunos de Lomitas guardamos silencio. “Miel ya se subió al coche, ya se la llevan al doctor…”.
Los jefes de manadas, organizados por calles, pedían pausa, atentos a cualquier sonido y olor. En situaciones importantes, eran los que transmitían primero los acontecimientos. Se les escogía por su capacidad de olfato, incluso podían detectar en el aire cambios en los humanos, podían entrar en hiper foco y entonces lo visualizaban todo, siempre decían la verdad y eran buenos guías. Como jefes de manada tenían que guardar la calma ante cualquier situación, analizando y retransmitiendo, coordinados. El más sabio de todos es Gasper, un mestizo labrador de talla inusualmente grande, lleva un tiempo con una pata trasera acartonada. Siendo el más sensorial de nosotros, dio la señal con un solo ladrido, corto, fuerte: Habían comenzado la operación.

Todas las orejas apuntaban a la misma dirección, hacia el sur, en dónde estaban Miel, su nueva dueña y el doctor. Varios gatos, todas las ardillas y muchos peludos callejeros se desplazaron hasta allá, apostados en la calle de la clínica, escondidos bajo los coches o trepados en los árboles. Incluso Ninjitzu, la ardilla más atrevida de todas, estaba parada en la ventana del consultorio, viéndolo todo.
Días antes habíamos oído de Miel porque había sido abandonada en la calle. Venía de muy lejos, de lo que supimos y tenía una enorme bola colgando de su panza. Había quedado fuera de su casa, se alejó, y se perdió. Las ardillas de la Colundia la fueron cuidando, los peludos adultos le ladramos instrucciones, guiándola hasta una casa en donde se sabe que vive una humana especial. Ella pertenece al clan Mascotero de esta zona, un grupo de personas enfocadas al rescate animal, que se comunica a diario para ayudarnos cuando estamos en problemas. Así logran cambios extraordinarios para muchos de nosotros. Todos ayudan con lo que pueden, todos aman, todos colaboran. Fue justamente esta humana quien decidió rescatar a Miel, llevarla a revisión y alertar al grupo Mascotero.

Si lo pienso, ese grupo no es tan diferente a nosotros, excepto por el hecho de que ellos son humanos y se escriben y nosotros somos peludos y nos ladramos. En ambos grupos amamos, luchamos, reímos y lloramos. Todos buscamos reconfortar y ser reconfortados, a todos nos gusta pertenecer y ser escuchados. A ellos les gustamos, y nosotros los adoramos y por eso hacemos buen equilibro en los días lluviosos y en las noches estrelladas. Juntos somos parte de esa energía que necesita la vida, día tras día, para avanzar.
Ese día estos grupos estaban muy sincronizados, esperando a que la intervención de Miel saliera bien.

Por fin Ninjitzu dio la señal de que ya habían terminado la operación. La replicó de inmediato Gasper el gigante, con un ladrido verdaderamente imponente, y tomando la releva fuimos transmitiendo la noticia por todas las calles de este lugar. La gente que pasaba en la calle se detuvo, sorprendida por tantos ladridos, chillidos de ardilla y hasta maullidos de gato, tan extrañados que hasta creyeron que iba a temblar. Por su parte los humanos también se comunicaron, escribiendo la noticia, felicitándose y alegrándose por la suerte de Miel y por tanta bondad. La peludita estaba bien, más ligera ahora sin esa cosa terrible que le colgaba del cuerpo. Ya podrá caminar, correr y comer con facilidad, y se le buscará un nuevo y lindo hogar.

La noche llegó a Colundia y Lomitas, tranquila. Se veía un poco la luna, algunas estrellas, no hacía tanto calor. Los jefes de guarida decidieron hacer vigilia, por cualquier cosa, nariz preparada y orejas levantadas. Rocky me ladró un “buenas noches” bostezando. Ninjitzu se quedó dormida al lado de mi ventana, en su rama favorita. “Mañana te comeré la cola”, le susurré con una sonrisa. Ahora es hora de descansar”.

* Anaïck Folange es una autora Franco-México-Bretona, diseñadora gráfica y escritora. Participó como colaboradora en el diseño de los primeros números de Alforja, Revista de Poesía.
Imágenes de portada e interiores: Anaïck Folange.
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