Los enemigos

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Los enemigos

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Alfonso Díaz Rey* / SomosMass99

Viernes 4 de septiembre de 2026

Los imperios, y las clases dominantes en ellos, necesitan fabricar enemigos, internos y externos, para señalarlos como la causa de sus graves problemas, encubriendo así la responsabilidad e incapacidad de quienes detentan el poder y legitimar y extender su dominio y control ya sea sobre su población, sobre pueblos y territorios subyugados, sobre aquellos cuyas riquezas o recursos ambiciona, o los que rechazan tal dominio y demuestren que es posible vivir sin la tutela imperial. 

La historia da muestra de ello. El ejemplo más actual es Estados Unidos, país que se formó por la unión de 13 colonias de inmigrantes europeos ─en su mayoría ingleses asentados en la costa este─, cuyo crecimiento y poderío ha estado vinculado al despojo y exterminio de sus pobladores originales, a la piratería, a la explotación de esclavos, al robo de territorios mediante la fuerza y a la imposición de relaciones de intercambio desigual a otros países, entre otras formas de apropiación. En la actualidad, han cambiado las formas de llevarlo a cabo, pero el despojo persiste. 

Sin embargo, los imperios no son eternos. Se derrumban como consecuencia de sus propias contradicciones. Para el caso de la actual potencia imperial, Estados Unidos, se vuelve hegemónica al término de la Segunda Guerra Mundial (SGM), una guerra imperialista que buscaba un nuevo reparto del mundo, de la que surgió como el país menos afectado de los contendientes en ese conflicto y como acreedor de los demás, con independencia del bando en el que combatieron.

Por un breve tiempo ─quizá un par de décadas después de la SGM─ fue la potencia mundial indiscutible y como tal, estableció reglas que de una u otra manera mostraban y reforzaban su hegemonía. Sin embargo, a partir de que en 1955 la Unión Soviética probó su arma termonuclear (la bomba H) y no obstante el poderío ─económico, industrial y tecnológico─ de Estados Unidos, redujo su ventaja en el terreno militar. Además, a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta, en el sistema capitalista aparecen los síntomas de una crisis diferente, cuyos efectos rebasaban lo meramente económico y se apreciaban prácticamente en todos los aspectos de la vida, afectando estructuralmente al sistema.

No obstante, el nuevo carácter de la crisis y sus contradicciones, en el periodo conocido como la «guerra fría» (1945-1991) Estados Unidos mantuvo un enorme poder, basado fundamentalmente en su capacidad militar, económica, financiera y tecnológica. Durante ese periodo, el enemigo fue el comunismo. Fue el pretexto para involucrarse en guerras (Corea, Vietnam, Laos, Camboya); además, con el mismo pretexto en la década de lo 50 desató una persecución interna contra personas y organizaciones cuyas ideas o posiciones políticas de alguna manera cuestionaban o se oponían al grupo dominante. Con la adición de otros argumentos ─derechos humanos, democracia─ pero siempre buscando el control de territorios y recursos intervino en Irán, Afganistán, Irak; y en nuestro continente en Guatemala, Cuba, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Granada, Panamá, Chile, …

Al término de la «guerra fría», a partir de 1992, Estados Unidos amplió su hegemonía. Su poder se acrecentó debido a la desaparición de la Unión Soviética ─la única potencia con capacidad de enfrentarlo en el terreno militar─ y el campo socialista de Europa oriental. Tal situación los llevó a pensar que se había cumplido su Destino Manifiesto, a sentirse los dueños del mundo y a proclamar al capitalismo, liderado por ellos, como el sistema ideal y único en el que podía y debía vivir la humanidad, al grado que decretaron el «fin de la historia».

El atentado ─que aún mantiene muchas interrogantes─ contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, dio paso a la construcción de un nuevo enemigo: el terrorismo. Utilizando este pretexto Estados Unidos ha intervenido militarmente, entre otros países, en Afganistán, Irak, Irán, Libia, Siria, Yemen, Uganda e Irán. Para ampliar su intromisión lo vincula al narcotráfico y lo defina como narcoterrorismo, argumento que utiliza para amenazar a países, atacar embarcaciones en aguas internacionales y asesinar a sus ocupantes y llevar a cabo injerencias que violan la soberanía de otras naciones, como el caso del secuestro del presidente constitucional de Venezuela, acto que utilizó para apoderarse de la riqueza petrolera del país sudamericano.

Para entender el comportamiento actual de la mayor potencia imperialista habría que considerar que la crisis estructural que padece se agravó por el desplome financiero en 2008, situación que combinada con el ascenso de China en todos los aspectos, el avance de otros países y la conformación de bloques como el BRICS+ han significado una merma de la hegemonía yanqui y la continuidad de su declive. 

Sin dejar de lado al terrorismo ni al narcotráfico, el decadente imperialismo yanqui apela nuevamente al enemigo comunista. Lo hace para, internamente, desviar la atención de la grave crisis por la que atraviesa y culpar de ella ─y reprimir─ a quienes disienten de la actual conducción política y económica de la Casa Blanca. Hacia el exterior, aunque su principal rival y competidor es China ─y en menor medida, Rusia─, en este continente hay un pequeño país que ha resistido por más de 67 años el acoso, sanciones, amenazas y ataques del imperio: Cuba ─a la que recientemente calificaron como «la capital del comunismo del siglo XXI», cuyo ejemplo de resistencia, dignidad y soberanía es inaceptable para quienes se creen y comportan como los amos del mundo.

Ante el embate del imperio cabe trabajar por la unidad y la solidaridad entre nuestros pueblos para la defensa de su soberanía y tener presente que la defensa de Cuba es la defensa de nuestros países.


* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato; del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba; y del colectivo México Libre, Justo y Soberano.

Imagen de portada (ilustrativa): La joven Cuba.



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