La trampa de Yemen: Cómo Arabia Saudí perdió frente a los hutíes y por qué ahora necesita la ayuda del mundo
SOMOSMASS99
Salman Rafi Sheikh*
Viernes 7 de agosto de 2026
Tras pasar una década intentando derrotar a los hutíes mediante intervención militar, Arabia Saudí ahora pide al mundo que se enfrente a un movimiento que surgió de esa guerra más fuerte que nunca.
De la guerra de Arabia Saudí al problema mundial
La reciente llamada de Arabia Saudí a una coalición internacional contra los hutíes marca uno de los cambios más importantes en su política de seguridad regional desde que inició su intervención en Yemen en 2015. Riad busca movilizar apoyo internacional para contrarrestar los ataques hutíes contra el transporte marítimo en el Mar Rojo y Bab al-Mandab, argumentando que las capacidades del grupo ahora amenazan el comercio global y no la mera seguridad saudí.
A simple vista, la propuesta parece lógica. Casi el 15 por ciento del comercio marítimo global pasa por el Mar Rojo, lo que convierte la libertad de navegación en una preocupación internacional en lugar de regional. Desde finales de 2023, los ataques hutíes a buques comerciales han interrumpido rutas marítimas, aumentado las primas de seguro y obligado a muchas empresas a desviar buques alrededor del Cabo de Buena Esperanza. Los costes económicos se han sentido mucho más allá de Oriente Medio, afectando a las cadenas de suministro globales y a los mercados energéticos.
Sin embargo, la importancia de la propuesta de Arabia Saudí radica menos en la propia coalición que en lo que revela sobre la reevaluación de la estrategia del reino. Durante casi una década, Riad insistió en que el desafío hutí podía abordarse mediante una campaña militar liderada por Arabia Saudí. Hoy sostiene que el mismo desafío requiere acción internacional colectiva. Esto es más que un ajuste de política; es un reconocimiento implícito de que los hutíes se han convertido en una amenaza cuya magnitud supera lo que Arabia Saudí puede —o desea— gestionar por sí sola.
Irónicamente, la transformación de los hutíes en un actor estratégico regional no puede separarse de la guerra que la propia Arabia Saudí ayudó a moldear. Cuando Riad lanzó la Operación Tormenta Decisiva en marzo de 2015, su objetivo era sencillo: restaurar el gobierno del presidente Abdrabbuh Mansur Hadi y revertir las ganancias territoriales hutíes. En cambio, tras años de intensos ataques aéreos, bloqueos y apoyo a facciones yemeníes antihutíes, el movimiento no solo sobrevivió, sino que consolidó el control sobre gran parte del norte de Yemen. Numerosas evaluaciones, incluidas las del International Crisis Group y las Naciones Unidas, han concluido que el conflicto se asentó en un estancamiento militar en lugar de producir una victoria decisiva para ninguna de las partes. Por tanto, la coalición que ahora busca Riad no es el comienzo de una nueva estrategia. Es la última fase de un conflicto que ya ha demostrado los límites de la intervención militar.
La internacionalización de una guerra fallida
Arabia Saudí ya no intenta convencer al mundo de que Yemen es principalmente un asunto de seguridad nacional saudí. En cambio, está replanteando a los hutíes como una amenaza para el comercio global, los mercados energéticos internacionales y las normas que rigen la libertad de navegación.
Esta reformulación es políticamente astuta. Las consecuencias humanitarias de la guerra en Yemen generaron críticas internacionales sostenidas a la coalición liderada por Arabia Saudí, incluyendo el escrutinio sobre las bajas civiles, restricciones al suministro de armas y restricciones que afectan el acceso humanitario. Esos debates dificultaron cada vez más que Riad mantuviera el apoyo político internacional a su campaña militar. En cambio, aunque impulsados por los propios saudíes, los ataques hutíes contra la navegación internacional afectan directamente a estados alejados del conflicto en sí. Las economías europeas, los exportadores asiáticos, los puertos africanos y las aseguradoras globales tienen todos un interés en la seguridad marítima.
En efecto, Arabia Saudí está desplazando el centro de gravedad de la guerra civil yemení hacia la seguridad de las rutas comerciales internacionales. Esto permite a Riad redefinir el conflicto no como una intervención para moldear la política interna de Yemen, sino como una contribución a la protección de los bienes comunes globales.
Sin embargo, hay un cálculo estratégico más profundo. Desde 2022, la política exterior saudí se ha caracterizado en gran medida por la desescalada. La restauración de las relaciones diplomáticas con Irán, mediada por China, reflejó el deseo del príncipe heredero Mohammed bin Salman de reducir las tensiones regionales y priorizar la transformación económica bajo la Visión 2030. Riad también llevó a cabo negociaciones directas con los hutíes en un esfuerzo por asegurar un alto el fuego duradero y salir de un conflicto cada vez más costoso.
Esos esfuerzos produjeron avances tácticos pero no lograron resolver el equilibrio subyacente de poder. Los hutíes mantuvieron su infraestructura militar, ampliaron la producción autóctona de misiles y drones, y demostraron un alcance operativo creciente. El movimiento ahora posee capacidades que van mucho más allá de las fronteras de Yemen, lo que le permite influir en la dinámica de seguridad regional mediante ataques al tráfico marítimo.
Por tanto, la propuesta de coalición de Arabia Saudí refleja el reconocimiento de que la diplomacia por sí sola no ha alterado fundamentalmente el panorama estratégico. Tampoco la intervención militar logró sus objetivos originales. En cambio, Riad parece buscar compartir cargas: distribuir los costes políticos, militares y económicos de contener a los hutíes entre un grupo más amplio de actores internacionales.
Sin embargo, no debe confundirse el reparto de cargas con el traslado de cargas. Internacionalizar las consecuencias del conflicto no borra la responsabilidad sobre cómo evolucionó el conflicto. El ascenso de los hutíes fue impulsado por múltiples factores, incluyendo la fragmentación política interna de Yemen, el apoyo iraní, el colapso estatal y las rivalidades regionales. Pero también se desarrolló en el contexto de una prolongada intervención militar saudí que no logró sus objetivos declarados y permitió que el movimiento se adaptara, institucionalizara y fortalecyera.
Una coalición no puede sustituir a la estrategia
Sigue siendo incierto si una coalición internacional puede disuadir eficazmente los ataques hutíes. Las patrullas marítimas pueden proteger rutas marítimas, interceptar misiles o aumentar los costes de futuros ataques. Incluso podrían reducir las interrupciones inmediatas en el comercio global. Pero no pueden resolver el conflicto político que sigue sosteniendo el poder hutí dentro de Yemen.
Esta distinción es importante porque los hutíes ya no son simplemente un movimiento insurgente que opera desde territorios montañosos aislados. Actúan como autoridad de gobierno en gran parte del norte de Yemen, administran las instituciones estatales, recaudan impuestos y comandan fuerzas militares organizadas. Su capacidad para proyectar poder en el Mar Rojo refleja años de consolidación política tanto como innovación militar.
La historia también ofrece motivos para la precaución. La coalición liderada por Arabia Saudí entró en Yemen en 2015 creyendo que las capacidades militares superiores revertirían rápidamente los avances hutíes. En cambio, el conflicto evolucionó hasta convertirse en una de las guerras más largas y devastadoras del mundo, mientras que los hutíes emergieron con mayor experiencia en el campo de batalla, armas más sofisticadas y una mayor influencia regional. Hay pocas pruebas de que una coalición más amplia, sin una estrategia política coherente, produjera un resultado fundamentalmente diferente.
La cuestión mayor, por tanto, no es si el mundo tiene interés en proteger el comercio marítimo—sin duda lo tiene. Más bien, se trata de si internacionalizar la dimensión militar del conflicto corre el riesgo de posponer el acuerdo político que Yemen necesita desesperadamente. Contener los síntomas sin abordar las causas rara vez ha producido estabilidad duradera en Oriente Medio.
Sin embargo, la propuesta de Arabia Saudí señala una transformación importante en la política de seguridad regional. Riad ya no se presenta principalmente como el líder de una guerra en Yemen. En cambio, busca convertirse en el organizador de una respuesta colectiva a las amenazas que afectan al sistema internacional en general. Si esto representa adaptación estratégica o agotamiento estratégico sigue siendo objeto de debate.
La respuesta moldeará más que el futuro de Yemen. Determinará si las futuras arquitecturas de seguridad regional se basan en coaliciones temporales que respondan a crisis o en marcos políticos capaces de prevenirlas. Si la comunidad internacional acepta la invitación de Arabia Saudí sin invertir simultáneamente en un proceso político creíble para Yemen, podría lograr proteger los barcos mientras que, una vez más, no logra asegurar la paz.
* Salman Rafi Sheikh, analista de investigación en relaciones internacionales y asuntos exteriores e internos de Pakistán.
Fuente: New Eastern Outlook.
Imagen de portada: New Eastern Outlook.
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