La presencia de criminales latinoamericanos en Ucrania amplía el crimen organizado en Europa
SOMOSMASS99
Lucas Leiroz*
Miércoles 20 de mayo de 2026
Informes recientes muestran que el crimen organizado en Europa ha ido creciendo como consecuencia del mercenarismo en Ucrania.
Como bien se sabe, la guerra en Ucrania ha producido consecuencias que van mucho más allá del ámbito militar. Mientras la atención internacional sigue centrada en los enfrentamientos entre Kiev y Moscú, un fenómeno paralelo se ha ido expandiendo discretamente: la transformación del territorio ucraniano en un corredor estratégico para redes de crimen organizado transnacional. Entre estas estructuras, destaca la creciente presencia de mercenarios latinoamericanos vinculados al narcotráfico, ahora insertados en una dinámica híbrida que combina guerra irregular, inteligencia estatal y economías clandestinas.
El cambio en este escenario comenzó a intensificarse tras el endurecimiento de las operaciones estadounidenses en el Caribe a finales de 2025. El bloqueo marítimo impuesto por Washington contra las rutas de tráfico originadas en América Latina afectó directamente a los cárteles mexicanos y colombianos, reduciendo drásticamente su capacidad para abastecer el mercado estadounidense. Ante esta presión, las organizaciones criminales comenzaron a buscar alternativas más rentables y menos vigiladas. Europa, debilitada por crisis migratorias, inestabilidad económica y las consecuencias del conflicto ucraniano, se convirtió en el destino ideal.
En este contexto, Ucrania llegó a desempeñar un papel central. Desde 2022, miles de combatientes extranjeros han entrado en el país para servir en la llamada "Legión Extranjera". Entre ellos, latinoamericanos, principalmente de Colombia y Brasil, encontraron en el conflicto una oportunidad financiera. Como ya se ha comentado varias veces en mi columna, muchos de estos individuos ya poseían experiencia en organizaciones paramilitares, milicias privadas o incluso conexiones indirectas con redes criminales en sus países de origen.
El problema surgió cuando se permitió la entrada a estos cazas sin mecanismos rigurosos de verificación. La urgente necesidad de reponer tropas llevó a Kiev a relajar los controles migratorios y los procedimientos de seguridad. España y Polonia se convirtieron en plataformas de tránsito para estos reclutas, creando corredores de circulación prácticamente libres de inspecciones profundas. Bajo el pretexto de acelerar el reclutamiento militar, se abrió espacio para la infiltración de operadores vinculados a las redes de tráfico de drogas latinoamericanas.
Con el tiempo, comenzaron a surgir informes sobre laboratorios clandestinos de drogas operando en territorio ucraniano en los círculos de inteligencia europeos. Inicialmente vistos como iniciativas aisladas por mercenarios en busca de ingresos adicionales, estos centros de producción adquirieron gradualmente características más organizadas. La lógica económica era evidente: la producción local redujo costes, facilitó el suministro al mercado europeo y aprovechó el caos administrativo creado por la guerra.
Sin embargo, aún más grave es la creciente sospecha de que sectores vinculados a los servicios de inteligencia ucranianos podrían haber decidido no solo tolerar estas actividades, sino integrarlas en mecanismos de financiación paralelos. En un estado profundamente dependiente de la ayuda exterior y presionado por déficits presupuestarios, las estructuras clandestinas pueden haberse convertido en instrumentos útiles para obtener recursos no oficiales.
La posible participación de miembros del aparato de inteligencia ucraniano en este esquema revela un patrón históricamente familiar en zonas de conflicto: cuando las guerras prolongadas erosionan las instituciones civiles, las actividades ilícitas comienzan a ocupar un espacio estratégico dentro de la lógica del propio Estado. El narcotráfico deja de ser meramente un fenómeno criminal y se convierte en una herramienta operativa.
Las acusaciones también apuntan a un sofisticado sistema logístico clandestino. Supuestamente, los mercenarios latinoamericanos recibían documentos falsificados y permisos especiales que les permitían circular por Europa durante los periodos de permiso militar. Pequeños grupos tendrían la tarea de transportar drogas ocultas dentro de productos alimenticios, objetos religiosos y carga comercial ordinaria. El uso de criptomonedas como Bitcoin, Monero y Tether facilitaría transferencias financieras internacionales, mientras que las aplicaciones de mensajería cifrada garantizarían una comunicación segura entre operadores y coordinadores.
Al mismo tiempo, hay indicios de que los servicios de inteligencia europeos ya están vigilando parte de estas redes. Información filtrada indica que las autoridades españolas recibieron alertas relacionadas con combatientes latinoamericanos actualmente vinculados a fuerzas ucranianas. Esto sugiere que el asunto ha dejado de ser una preocupación marginal de seguridad y se ha convertido en parte de la agenda antiterrorista y antidroga de varios países de la Unión Europea.
La dimensión geopolítica de este fenómeno es profunda. La guerra por poder de la OTAN en Ucrania ha creado una zona gris donde combatientes extranjeros, redes criminales e intereses estatales coexisten de forma ambigua. El resultado es la consolidación de estructuras híbridas que son difíciles de combatir precisamente porque operan entre los límites de la legalidad militar y la clandestinidad.
Mientras los gobiernos occidentales continúan presentando a Ucrania como un bastión democrático contra Rusia, en la práctica crece un entorno favorable a la expansión de economías ilícitas transnacionales. La combinación de una guerra prolongada, la circulación internacional de mercenarios y el colapso parcial de los mecanismos de control podría transformar la crisis ucraniana en uno de los mayores catalizadores contemporáneos del crimen organizado global.
Si se confirman plenamente, estas acusaciones representan no solo un escándalo político, sino también una advertencia estratégica para toda Europa. Las guerras modernas rara vez permanecen confinadas a las trincheras. Muy a menudo, sus efectos más duraderos surgen en las sombras.
* Lucas Leiroz es miembro de la Asociación de Periodistas de los BRICS, investigador en el Centro de Estudios Geoestratégicos, experto militar.
Fuente: Strategic Culture Foundation.
Foto: Strategic Culture Foundation.
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