Injerencismo y servilismo

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Injerencismo y servilismo

SOMOSMASS99

Alfonso Díaz Rey* / SomosMass99

Viernes 9 de octubre de 2026

La persistente narrativa de la derecha opositora en la que califican de narcos a los integrantes del partido Morena y a sus miembros que ejercen cargos públicos, es una de las formas que adopta la guerra cognitiva que se despliega contra nuestro país y tiene como objetivo recuperar los privilegios perdidos o mermados de quienes fueron desplazados del gobierno en 2018, mediante la imposición de una percepción falsa construida por sus amos, para servirles mejor desde el poder político.

A la vez, esta guerra cognitiva ─y otros planes injerencistas─ forma parte de la estrategia imperialista yanqui de dominar y controlar esta parte del planeta, cuya finalidad es, mediante el despojo, apoderarse de recursos y riquezas ajenas que le permitan acumular fuerzas para enfrentar y eliminar a enemigos y competidores; ello, en la búsqueda de su destino manifiesto: el dominio y control del mundo.

Para lograr su objetivo, los imperialistas necesitan eliminar los obstáculos que representan los países que no se pliegan a sus dictados o los que tienen gobiernos progresistas. Por ello el acoso, agresiones y amenazas a Cuba, la injerencia del «ministerio de colonias» yanquis (OEA) en Nicaragua, y el abierto injerencismo de Estados Unidos en Brasil y México.

Cuba, desde el triunfo de la Revolución, es la «piedra en el zapato» de los imperialistas, quienes despliegan una guerra no declarada con tintes de genocidio contra la isla, guerra que desde la primera administración de Trump (2017-2021) en la Casa Blanca se agudiza constantemente. 

Nicaragua, desde el triunfo sandinista en 1979 hasta el final del primer gobierno de Daniel Ortega (1990) fue objeto de agresiones y amenazas yanquis que cesaron durante los tres gobiernos de derecha que le siguieron (1990-2007); con el retorno de Daniel Ortega al poder se reanudó la política imperialista agresiva, lo que ha provocado respuestas, con errores y excesos incluidos que la propaganda estadounidense y la derecha internacional se han encargado de magnificar y satanizar.

En Brasil, ha sido notorio el injerencismo yanqui, particularmente desde el primer mandato de Lula (2003); la destitución ─mediante un golpe judicial─ de Dilma Rousseff en 2016; y tras el retorno de Lula (2023), el apoyo al golpista Jair Bolsonaro y a grupos afines de la ultraderecha, la aplicación de aranceles, el apoyo a Flávio Bolsonaro como candidato a la presidencia y a buena parte de su familia para ganar elecciones y ocupar puestos públicos, con resultados favorables a la extrema derecha en la primera vuelta electoral por la presidencia..    

En nuestro país, el injerencismo de Estados Unidos ─por fatalismo geográfico─ ha sido constante y con consecuencias graves y dolorosas para nuestro pueblo. Se llegó, inclusive, al grado de que presidentes de la república fueron agentes de la funesta y tenebrosa CIA (Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echevarría Álvarez, por citar a los más nefastos). Algunos ejemplos recientes de ese injerencismo se aprecian en los tres fraudes electorales llevados a cabo durante los gobiernos neoliberales (1988, 2006 y 2012); la imposición de medidas que durante los gobiernos neoliberales significaron prácticamente la entrega del país al capital monopolista extranjero ─yanqui, en buena parte─; las múltiples campañas contra los gobiernos progresistas de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo; las constantes amenazas de intervención y acciones violatorias de nuestra soberanía, usando como pretexto al narcotráfico; y el franco y descarado apoyo a la oposición de derecha y ultraderecha en su búsqueda del regreso al poder político.

En este contexto sería peligroso subestimar la actuación del embajador yanqui en nuestro país, que abiertamente contribuye a la campaña opositora para, en primera instancia, evitar que la coalición gobernante alcance la mayoría calificada en la Cámara de Diputados en la elección del próximo año; y, en segundo lugar buscar en 2030, mediante campañas sucias, hacerse nuevamente de la presidencia de la República.

Dado que aún persiste un elevado nivel de violencia e inseguridad en el país ─herencia de los gobiernos neoliberales (1982-2018)─ hay indicios de que, valiéndose de tal situación, mediante actos aparentemente inocuos que se presentan relacionados con temas de seguridad y de lucha contra el narcotráfico, se trata de poner en evidencia al gobierno federal cuando este los cuestiona por violar la Constitución (caso reciente: la colocación de la primera piedra de una «academia internacional» en Querétaro). De esa manera la oposición intenta descalificar al gobierno y se presenta como preocupada por los problemas del país, apoyándose en la narrativa injerencista yanqui de que el narco controla buena parte del territorio nacional.

Los casos como el de la «academia», en Querétaro, con la participación del embajador de Estados Unidos, como el de la participación de agentes de la CIA (dos fallecieron en el accidente que dejó ver la intervención de esa agencia) en el «desmantelamiento» de un narcolaboratorio en Chihuahua, acción en la que no hubo decomiso de droga, materiales precursores ni detención de narcotraficantes, pero que pretendía darle prestigio y publicidad al gobierno panista de la entidad, muestran una vertiente del plan injerencista al que le apuesta la oposición de ultraderecha para retomar el poder.

Considerando lo anterior, es indudable que México es un país de suma importancia para la estrategia de dominio imperialista yanqui, razón por la cual está en la mira de los sectores dominantes estadounidenses, en los que se observan actitudes y posiciones neofascistas.

Cabría pensar que el gobierno mexicano, sin abandonar la diplomacia, elevara el tono de las denuncias y reclamos por el injerencismo imperial, advirtiera a los representantes y a los lacayos del imperio de las consecuencias de actos que representan, en un caso, una flagrante intromisión en asuntos de nuestro país y, en el otro, hechos de traición a la patria.

Además, en aras del avance del proceso de transformación (la 4T), sería conveniente que Morena, como partido político que se supone impulsa tal proceso, llevara a cabo una autocrítica y con ella la depuración de elementos cuya actuación ha obstaculizado o deformado algunos de los objetivos de tal proceso y, al mismo tiempo, fortaleciera la formación política e ideológica y promoviera la más amplia participación de su base y, de manera general, del pueblo.

Y para quienes sin ser miembros de Morena son partidarios de la transformación del país, para algunos, quizá, debiera ser más rápida y radical, sería sano que en tanto no se den las condiciones para lograr su objetivo, se apoyara, críticamente, aquellas medidas y acciones que beneficien al pueblo, porque el no hacerlo o estar contra ellas favorecería a la derecha y al imperialismo yanqui.

Porque no podemos confiar en el imperialismo, «ni tantito así».


* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato; del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba; y del colectivo México Libre, Justo y Soberano.

Imagen de portada: Ronald Johnson, exagente de la CIA y embajador de Estados Unidos en México, y Roberto Velasco, secretario de Relaciones Exteriores. | Foto: Secretaría de Relaciones Exteriores.



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