Cuba no está sola

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Cuba no está sola

SOMOSMASS99

Alfonso Díaz Rey* / SomosMass99

Viernes 22 de mayo de 2026


«Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre».
- José Martí

El interés de potencias imperiales por Cuba se remonta a épocas posteriores ─casi inmediatas─ al arribo de Cristóbal Colón a tierras de este continente. Su estratégica posición geográfica le proporcionó ventajas a España y durante los siglos XVI, XVII y XVIII la hizo apetecible para Francia e Inglaterra; después, a partir del siglo XIX ha sido objeto de la obsesión yanqui, en su afán por el control continental.

A siete años de su declaración de independencia (1776) Estados Unidos, por conducto de quien sería su segundo presidente, John Quincy Adams (1797-1801), expresaba en 1783 que era casi imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a la República Federal sería indispensable para la continuación de la Unión.[1]

En abril de 1823, el mismo personaje, fungiendo como secretario de Estado, diseñó ─con dedicatoria a Cuba─ lo que en ese tiempo se conoció como «ley de gravitación» o la teoría de la «fruta madura», la que daba como un hecho natural que la isla sería inevitablemente anexada a Estados Unidos una vez que por su madurez se separara del dominio español. Como «coincidencia», unos meses después (diciembre de 1823), el presidente James Monroe presentó ante el Congreso el principio de política exterior conocido como Doctrina Monroe (América para los americanos), redactado por John Quincy Adams.

Ese mismo año el presidente Monroe, en carta enviada a Thomas Jefferson, argumentaba que la adquisición de Cuba para la Unión sería de la mayor importancia para la tranquilidad interna, tanto como para la prosperidad y engrandecimiento de Estados Unidos.[2]

Han transcurrido más de 200 años y en ese tiempo la intención por tener el control total de la isla o anexar Cuba a Estados Unidos se convirtió en obsesión. Los gobiernos yanquis han intentado por múltiples vías: desde la compra a España; la intervención armada a fines del siglo XIX, que frustró ja independencia del pueblo cubano, a la que siguió una ocupación militar, la imposición de una enmienda (Platt) a la Constitución y la usurpación del territorio e instalación, que hasta hoy ocupa, de una base militar en la Bahía de Guantánamo; el control del gobierno ─incluida la instalación y sostenimiento de dictadores─ durante la república mediatizada (1902 a 1958); acciones terroristas; promoción y apoyo a bandas contrarrevolucionarias; guerra química, biológica, mediática, cultural y cognitiva; organización de atentados contra dirigentes de la Revolución; aislamiento político; un bloqueo económico, comercial y financiero ─se hizo oficial en febrero de 1962 pero que prácticamente opera desde el triunfo de la Revolución─ al que continuamente se le añaden nuevas medidas ─solamente en el primer gobierno de Trump se impusieron 243 sanciones adicionales, mantenidas  por su sucesor, Biden─; y ahora, para agudizar aún más los problemas causados por ese genocida e incesante acoso, el pasado 29 de enero se impuso a Cuba un bloqueo energético con el cual, según Trump, el pueblo cubano y la Revolución se doblegarían y la isla se entregaría al imperio yanqui.

En el contexto actual, en el que el imperialismo yanqui se encuentra inmerso en una interminable crisis estructural del sistema capitalista, con graves y múltiples contradicciones y problemas que interna e internacionalmente enfrenta y un proceso de decadencia gradual e inevitable que se refleja en pérdida de hegemonía, se ha generado una situación a la que ese imperio ha intentado encontrar paliativos mediante la única manera que conoce: la guerra. Además, Estados Unidos enfrenta el espectacular desarrollo de China, país que le supera o le disputa supremacía en producción comercial, ciencia, tecnología, educación, y es una potencia a considerar como contrincante militar.

En tal contexto, en el que fallaron sus planes para mediante la guerra que con Ucrania y la OTAN emprendió para debilitar a su otro gran adversario, Rusia, emprendió acciones ─también bélicas─ para ejercer el control total de lo que siempre han considerado su «patio trasero»: el resto del continente.

A raíz de su hollywoodesca intervención en Venezuela ─que derivó en el secuestro de su presidente y encarcelamiento en Estados Unidos─ se sintieron todopoderosos y envalentonados, lo que los llevó a atacar a Irán, con el objetivo de privar a China de otro proveedor importante de petróleo y, de ese modo, debilitarla y causarle problemas.

No obstante su alianza con Israel, sus planes fallaron nuevamente. Y aun cuando cumplieron su objetivo inicial con el asesinato de los más altos dirigentes políticos y militares iraníes y graves daños a la infraestructura y población civil, como Irán no es Venezuela, ni una guerra es equivalente a una película, pronto se encontraron en un atolladero del que a estas alturas no encuentran la salida, situación que muchos analistas, incluso simpatizantes y allegados a Trump, consideran una derrota para el imperio.

Como uno de los objetivos de la agresión a Venezuela fue el corte del suministro de petróleo a Cuba, esta, no obstante el bloqueo energético, sigue en pie. Por ello el imperio está frustrado y herido en su orgullo y falsa creencia de que son los elegidos por la Providencia pata conducir al mundo, lo que aumenta su desesperación y peligrosidad.

Ahora la Mayor de las Antillas es objeto de más sanciones y amenazas. El imperio utiliza su vasto arsenal de mentiras y medios de desinformación para crear narrativas que ante la opinión pública internacional ─y la propia─ construyan la idea de que por ser una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos, una intervención militar yanqui en Cuba sería algo legítimo y natural.

Pero, señores imperialistas, no se confundan. No obstante su poderío tecnológico y mediático, su manida táctica de elaborar mentiras es perfectamente conocida por los pueblos del mundo, incluso por importantes sectores del pueblo estadounidense.

Ante la andanada mediática del imperialismo yanqui, los pueblos del mundo se preguntan:

¿Por qué tanto acoso? ¿Por qué el bloqueo? ¿Por qué un pequeño país (109 884 km2 y alrededor de 10.millones de habitantes) subdesarrollado y con escasos recursos naturales representa una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de la, hasta ahora, mayor potencia económica y militar del planeta, 89.5 veces mayor en extensión territorial y más de 33 veces superior en población (9,834 millones de km2 y más de 330 millones de habitantes)? ¿Por qué un pueblo que en lugar de armas ofrece solidaridad, colaboración para una vida mejor, salud, cultura y, de manera genera, amor, es considerado un enemigo?

Simplemente porque Cuba es muestra de lo que no debe suceder en los países de América Latina y el Caribe para que el imperio yanqui pueda extender y mantener su poder y control sobre nuestros pueblos y sus riquezas naturales.

Y es que el ideal de Martí acerca de la dignidad, pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, el 26 de noviembre de 1891, se cumplió con la Revolución y se convirtió en arma y escudo para la defensa de su patria.

Los intentos imperiales por doblegar a Cuba y su Revolución han fracasado ante el heroísmo y la dignidad de un pueblo que se ha convertido en símbolo y ejemplo de lucha por la libertad, la independencia y la soberanía. 

Además, Cuba no está sola.


Texto en saludo al XXX Encuentro Nacional de Solidaridad con Cuba


Notas:

[1] González Santamaría, Abel. Dos siglos de la codiciada «fruta madura». Cubadebate (28-04-2023) (http://www.cubadebate.cu/opinion/2023/04/28/dos-siglos-de-la-codiciada-fruta-madura/)

[2] Ibid.


* Alfonso Díaz Rey es miembro del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba y del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato

Imagen de portada: Radio Universidad Nacional de Rosario, Argentina.



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