'Total Hybrid War' y la crisis del mundo unipolar: Por qué 'War Without Limits' revela una crisis civilizacional

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'Total Hybrid War' y la crisis del mundo unipolar: Por qué 'War Without Limits' revela una crisis civilizacional

SOMOSMASS99

Olivier Roynard*

Miércoles 1 de julio de 2026


La guerra híbrida total no es simplemente una nueva forma de conflicto. Es el síntoma de un mundo que ya no sabe cómo producir la paz salvo administrando la guerra.

Cuando los medios de comunicación, instituciones, universidades, plataformas, monedas, normas, narrativas y crisis de salud, energía o información se convierten en campos de operación, ya no estamos simplemente presenciando una extensión de la estrategia militar.

Nos enfrentamos a una mutación civilizacional.

La guerra ya no se encuentra solo donde luchan los ejércitos. Aparece dondequiera que las sociedades estén orientadas, reconfiguradas, normalizadas y programadas.

Ya no se dirige solo a un territorio o a una fuerza armada.

Apunta a percepciones, comportamientos, lealtades, recuerdos, palabras, umbrales de legitimidad y las mismas condiciones del juicio.

Este es el cambio que debe entenderse.

Un artículo geopolítico clásico podría describir los instrumentos de esta nueva guerra: información, economía, derecho, sanciones, monedas, ONG, plataformas digitales, crisis permanente, operaciones psicológicas, ingeniería social. Este trabajo es necesario. Pero no es suficiente. Porque la guerra sin límites no es solo una mutación estratégica.

Revela algo más profundo: el estado de un orden que ya no reconoce realmente un exterior.

El mundo unipolar no buscaba simplemente dominar. Buscaba definir el propio marco de la legitimidad. No se limitó a decir: Aquí está nuestro poder. Decía: Aquí están las leyes, las normas, la racionalidad, la economía, la moralidad, la seguridad y la información a las que el mundo debe ajustarse.

Un imperio clásico podía reconocer fronteras, adversarios, periferias y zonas externas. El mundo unipolar, en cambio, tiende a transformar todo exterior en un interior inacabado. Lo que no está integrado debe integrarse. Lo que resiste debe ser reformado. Lo que se niega debe ser sancionado. ¿Qué dudas deben estar patologizadas? Lo que habla de forma diferente debe clasificarse como arcaico, extremo, populista, conspirativo o desinformado.

El mundo unipolar es el sueño de un mundo sin un exterior

Por eso la guerra ya no puede permanecer separada de la paz en su interior. Si todo el mundo se convierte en el interior administrativo de un orden que se considera universal, toda resistencia se convierte en una anomalía. Y si toda resistencia se convierte en una anomalía, la paz deja de ser coexistencia. Se convierte en normalización.

La guerra sin límites aparece entonces como la forma estratégica de un mundo que ya no sabe reconocer la verdadera pluralidad de las formas humanas. Ya no es meramente militar. Se convierte en algo legal, financiero, mediático, académico, cultural, cognitivo, relacionado con la salud, climático y digital. No siempre busca destruir. A menudo busca reconfigurarse.

La guerra ya no es un evento dentro de la paz. Se convierte en la propia esencia de la paz administrada.

Esta transformación no cae del cielo. Pertenece a una larga historia: la de un Occidente que ha ido confundiendo poco a poco la realidad con el modelo que afirma organizarla.

Un modelo es, ante todo, una herramienta. Nos permite comprender, simplificar, anticipar y representar. Pero cuando se vuelve soberano, deja de iluminar la realidad y comienza a reemplazarla. Lo que entra en el modelo se vuelve visible. Lo que resiste se convierte en ruido, retraso, irracionalidad o amenaza.

Esta confusión es especialmente visible en el cientificismo. La ciencia genuina acepta que la realidad puede corregirlo. Formula hipótesis, las confronta con la experiencia, las revisa y, a veces, las abandona. El cientificismo hace lo contrario: tiende a proteger el modelo a través de las instituciones y luego a corregir la realidad cuando la realidad no corresponde al modelo.

La ciencia busca corregir sus modelos a través de la realidad. El cientificismo, por el contrario, busca corregir la realidad a través de sus modelos.

Esta inversión cambia la política. La crisis se convierte en un modo de gobierno. El indicador se convierte en una realidad oficial. La hipótesis se convierte en la norma. El escenario se convierte en una restricción. La experiencia se convierte en un recurso de autoridad. El ciudadano ya no se enfrenta directamente a una situación; se encuentra con una representación autorizada de la situación.

Aquí es donde comienza la ingeniería social: cuando las mediaciones vivas son sustituidas por interfaces de gestión.

Las familias, profesiones, iglesias, escuelas, comunidades locales, tradiciones, idiomas y organismos intermedios transmiten más que información. Forman seres humanos. Proporcionan memoria, paciencia, juicio y una forma de habitar el tiempo y el mundo.

Las interfaces de gestión, en cambio, conectan, miden, orientan, simplifican y perfilan. Hacen que el hombre sea más accesible para el sistema, pero no necesariamente más formado.

Inteligencia artificial y guerra híbrida total

Una sociedad así modelada se vuelve programable. Para reprogramar una sociedad, primero hay que pensar en ella como programable. Para gobernar por crisis, hay que reducir la crisis a indicadores. Para actuar según el comportamiento, hay que transformar a las personas en perfiles. Para normalizar la paz, hay que tratar la resistencia humana como una anomalía del sistema.

La inteligencia artificial entonces aparece no como un accidente, sino como la automatización de este paradigma.

Por sí sola no crea la sociedad programable. Llega a un mundo que ya se ha preparado para su llegada. Clasifica, perfila, simula, predice, optimiza y personaliza.

Permite automatizar la guerra cognitiva, mapear opiniones, anticipar reacciones, ajustar narrativas, filtrar la visibilidad y gobernar la atención.

Pero el mayor peligro no es simplemente la manipulación. Es antropológico. Una civilización acaba tratando al hombre según los instrumentos que utiliza para conocerlo. Si el hombre es conocido a través de sus datos, será gobernado como datos. Si se le conoce a través de su comportamiento, se le orientará como comportamiento. Si es conocido por sus perfiles, se le administrará como perfil.

El riesgo no es que la inteligencia artificial se convierta en humana. El riesgo es que el hombre sea tratado cada vez más como una máquina predictiva imperfecta.

Por eso la cuestión de la guerra híbrida total supera la estrategia. Toca la definición misma del hombre.

El hombre no es simplemente un individuo abstracto, una unidad legal, económica, estadística y administrable. No es simplemente un perfil conductual, una probabilidad de reacción o una suma de huellas digitales.

Es una persona: una realidad viva, eminentemente relacional; responsable, capaz de memoria, habla, discernimiento, fidelidad y respuesta.

El regreso de un mundo multipolar

La historia tardía del Oeste también puede interpretarse como una regresión: de la persona al individuo, y luego del individuo al perfil.

Es en este contexto que debe entenderse el regreso del mundo multipolar. El mundo multipolar no es una salvación automática.

Puede ser violento, inestable y atravesado por otras formas de dominación. Pero al menos significa esto: el modelo único ya no puede absorber el mundo. El exterior vuelve. La geografía vuelve. Las fronteras vuelven. La gente regresa. Las civilizaciones regresan. Las tradiciones regresan.

El mundo unipolar era el sueño de una modelo que se había convertido en el mundo. El mundo multipolar es el regreso del mundo frente al modelo.

Pero este regreso no será suficiente. Una redistribución del poder no cura al hombre producido por el orden unipolar. Un individuo abstracto no vuelve a ser persona simplemente porque el orden internacional se vuelva multipolar. Una sociedad dependiente de interfaces no recupera mediaciones vivas mediante un mero cambio en el equilibrio geopolítico.

Por tanto, la salida debe ser más profunda.

Debe ser geopolítica: reconocer el exterior, las fronteras, las soberanías y las formas concretas de los pueblos.

Debe ser epistemológica: restaurar a la realidad su papel como juez del modelo, salvar la ciencia del cientismo y distinguir el mapa del territorio.

Debe ser antropológico: ir más allá del individuo abstracto y el perfil algorítmico para recuperar a la persona.

Debe ser espiritual en un sentido amplio: recuperar tradiciones vivas, mediaciones que se forman, límites que orientan y caminos que no capturan al hombre sino que lo hacen capaz de más que el sistema.

Por tanto, una guerra híbrida total nos obliga a plantearnos una pregunta más grande que la guerra misma: ¿qué es un mundo habitable? La verdadera paz no puede ser simplemente la ausencia de conflicto. Presupone un exterior reconocido, límites asumidos, mediaciones vivas, memoria, pueblos capaces de soberanía, ciencias capaces de humildad, técnicas restauradas a su lugar adecuado y personas capaces de discernimiento.

Una civilización no surge de la guerra sin límites simplemente perfeccionando sus defensas.

Surge cuando recupera lo que la guerra no puede absorber: la persona, la memoria, la transmisión, el silencio, el juicio y la capacidad de recibir la realidad en lugar de reducirla.

El problema no es solo que los poderes se enfrenten entre sí.

El problema es que un modelo buscaba convertirse en el mundo.

Y el mundo regresa.


* Olivier Roynard, ensayista francés e investigador independiente sobre la relación entre la geopolítica y la transformación de las formas políticas e intelectuales en el mundo moderno.

Fuente: New Eastern Outlook.

Imagen de portada: New Eastern Outlook.



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