¿Miedo racionalizado, lucha ideológica o defensa de los privilegios?

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¿Miedo racionalizado, lucha ideológica o defensa de los privilegios?

SOMOSMASS99

Marco Samario Queirolo* / SomosMass99

Lunes 2 de noviembre de 2026

La reforma al Poder Judicial expuso a sus detractores. Todos tenían miedo. 

La reforma al Poder Judicial fue el tema de la agenda política durante varios meses. Sin embargo, llegó un momento en el que explotó mediáticamente y tanto jóvenes como ancianos mostraron gran interés en lo que fue denominado como “Plan C”.

Con el paso de los días la reforma fue tomando fuerza y se volvió el tema de conversación en círculos que tradicional y/o generalmente nunca abordarían la política como prioridad conversacional. Poco a poco el revuelo mediático se transformó en posturas e incluso en posicionamientos públicos. Personalmente, el tiempo me trasladó a un momento de observación y análisis sobre las posturas presentadas, especialmente de aquellos que estaban en contra.

Ahí es donde un pequeño gusano sembró la duda en mí preguntándome: ¿Qué podría llevar a alguien a posicionarse en contra de una reforma al Poder Judicial? Digo, los errores en la dictaminación de sentencias y la repartición de justicia se han acercado mucho al universalismo Hegeliano. Es decir, en algo común para la mayoría de los individuos.

Ejemplo de ello es que al final del día se volvió común escuchar o leer sobre casos aberrantes en donde los infractores salían libres de cualquier responsabilidad, ya fueran violadores, asesinos, acosadores, deudores multimillonarios o empresas millonarias con un sin fin de intereses de por medio. El Poder Judicial no solo omitía esas faltas, sino que permitió que se fabricaran historias mal intencionadas que pusieron a inocentes tras las rejas, como ocurrió con Israel Vallarta, del renombrado caso “Cassez- Vallarta”, o con Karina Reyes, maestra de un jardín de niños en Ecatepec, Estado de México, que pasó dos años en reclusión por la supuesta violación de una alumna de cuatro años.

Sucedió entonces que el revuelo en contra de la reforma giró en torno a la posibilidad de tres factores base: el miedo racionalizado, la lucha ideológica y/o la defensa de privilegios.

El primer escenario nos trasladó a una descripción nacional en la que existe un partido hegemónico que domina dos de los órganos del Estado, el Ejecutivo y el Legislativo. Este proceso se fortaleció en las pasadas elecciones, que otorgaron una mayoría calificada a MORENA, lo que se trasladó a una aprobación cuasi tramitaría de leyes en acuerdo directo con el Poder Ejecutivo. Sabemos bien que el poder soberano se divide en tres poderes por los procesos de balance y de una estructuración en la aplicación del poder. El miedo racionalizado se vuelve sensato si se separa de sesgos ideológicos, de suerte que la reforma al Poder Judicial tomaría fuerza política positiva para la corriente hegemónica, ya que siendo MORENA el que domina los otros dos poderes, podría elegir en sus evaluaciones a aquellos individuos que se alinearan mejor con sus intereses (como ha sucedido durante los últimos años con el modelo actual). Esto sin mencionar que una campaña que mostraba simpatía al proyecto de nación actual aseguraba un gran apoyo social para el candidato del que se tratara, como finalmente se vio reflejado.

Es ilógico pensar que la finalidad del gobierno es perpetuar a su líder político. Sin embargo, como suelen buscar los representantes de poder, el ideal es conservar su posición, específicamente su injerencia en la toma de decisiones, el manejo de estructuras financieras y la dominancia en los ejes fácticos que se sustentan en ideologías, convicciones o principios.

Las otras dos bases del desacuerdo con la reforma se vieron divididas en dos ejes fundamentales: el repudio ideológico y el sentido de supervivencia. Andrés Manuel López Obrador, máximo representante de MORENA (todavía hoy), llegó al poder con el eslogan “Por el bien de todos, primero los pobres”, presentándose como un representante de la izquierda, al menos teóricamente.

Haciendo caso omiso de la mitificada figura del expresidente, es común escuchar o leer en el mundo occidental que la izquierda sólo es un símbolo de atraso, gente floja y que odia la propiedad privada, independientemente de lo que refleje la realidad. No importa si es AMLO o Lula da Silva, para la derecha occidental ellos son la reencarnación de Marx. Incluso para la derecha “oficializada” en Chile, no importaba si Gabriel Boric actuaba como lo haría Pinochet. Ellos consideran que llegar a la presidencia por un partido de “izquierda” es prueba irrefutable de que el comunismo come niños llegó a “apoderarse del país” y a empobrecer a todos.

La derecha mexicana no escapa del ejemplo. El “comunista” de AMLO pudo traer a Tesla a México, invitar al exsecretario de Estado de EE. UU., John Kerry, a hablar en Oaxaca de los “beneficios” del tren interoceánico, invertir y concesionar territorio a múltiples trasnacionales estadounidenses o incluso tutearse con su “amigo” Joe Biden, pero nada de eso evita que para la derecha sea el comunista más descarado de la historia. Esto solamente ejemplifica que la confrontación ideológica lleva a conflictos fácticos, pero es ajena a la realidad. Así como la sonada hipótesis de que la entonces marea rosa “se haría presente en las urnas” y terminaría con “la dictadura Obradorista”.

Para muchos opositores, al perder las elecciones, Norma Piña se convirtió en el último bastión. Era vista como si portara el estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe en la cruzada por “salvar” al país. En otras palabras, se oponían por ser Obrador o por provenir de supuestas estructuras “de izquierda”, no por un razonamiento lógico.

Si bien parte de las protestas surgieron de tal confrontación ideológica, recordemos que la derecha mexicana viene de la opulencia política sostenida durante muchos años, específicamente desde el desmantelamiento del Estado de bienestar a finales de 1982 e inicios de 1983. En todo lugar existen grupos politizados que actúan a la orden de intereses particulares. No por nada los estudiantes que se manifestaron en contra de la reforma resultaron exhibidos por sus propios compañeros al señalar que algunas de sus movilizaciones eran pagadas, que en otras los asistentes no eran estudiantes e, incluso, que profesores los invitaron a ir a cambio de cualquier cantidad de facilidades académicas.

Dentro de los grupos de interés más relevantes estaban aquellos a los que me he referido como “defensores de sus privilegios”. Estos, participaban mayormente de forma activa en las protestas pues su estabilidad laboral, económica y hasta social, dependían de sus puestos dentro del Poder Judicial. Imposible olvidar cómo en los últimos debates de los senadores se describió un panorama sombrío en el Poder Judicial, donde las convocatorias eran ocultadas y liberadas para familiares de ministros, jueces, magistrados y otros representantes de la institución con cargos importantes, al grado de que había familias enteras en la institución judicial. Por otro lado, las denuncias contra personas que ostentaban esos cargos casi nunca se vieron reflejados en acciones y menos procesos como los que se emprendieron contra el grueso de la población. Esto sin mencionar los altos salarios y las pensiones vitalicias otorgadas a individuos que ostentaron cargos importantes por una ínfima cantidad de tiempo.

Este panorama sombrío, pero sumamente beneficioso para sus miembros, fue lo que los llevó a la lógica defensa de sus privilegios, o lo que ellos definían como su “lucha por sobrevivir”. Lo que resultó fue se creó un pequeño movimiento pseudo organizado pero fundamentado en tres ejes distintos con un supuesto mismo fin: detener la reforma, ya sea por un miedo racional a la posible concentración de poder en manos de alguien contrario ideológica o grupalmente, o por temor a perder una posición envidiable y exageradamente beneficiosa para unos cuántos a costa de la justicia en el país.

Los cambios en el Poder Judicial fueron necesarios y parece que pueden tener un verdadero impacto en la forma en que percibimos la justicia día a día. Cosa realmente importante, toda vez que de funcionar el Poder Judicial podría ser la justificación idónea para cualquier tipo de reestructuración a futuro. Si nos cuestionamos el motivo de la reforma en este preciso momento, ya es otra cuestión.

Aunque por lo que se empieza a ver, quizá el nuevo Poder Judicial apunte a ser la muestra de un sexenio plagado de sorpresas. Buenas o malas, pero sorpresas…


* Marco Samario Queirolo estudió Política Pública en la Universidad Autónoma Metropolitana, donde actualmente cursa una maestría en Ciencias Sociales.

Imagen de portada: Suprema Corte de Justicia de la Nación. | Foto: Milton Martínez / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.



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