Las guerras por Guerrero

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Las guerras por Guerrero

SOMOSMASS99

Edith Herrera*

Jueves 18 de junio de 2026

¿Qué ha pasado con estos pueblos y territorios donde vivimos?

Los años no arreglaron nada

Al contrario

Nos siguen exterminando

A los actuales y pasados gobiernos

no les importan nuestras vidas,

no les importa nuestra historia,

no les importa la justicia ni la paz.

¿A caso quieren apagar por completo quiénes somos?

¡Basta ya! Basta de este asedio y este odio criminal…

Nos volvimos un espectáculo de la muerte. Ahora somos un show que los gobiernos contemplan indiferentes o incómodos. No saben qué hacer o cual debería de ser su papel en esta tragedia que nosotras vivimos en directo. Son pasivos en el mejor de los casos, o cómplices en el peor. En ambos casos, esta situación, realmente, es perversa.

Estas guerras han existido desde que tenemos memoria, como pueblos que habitamos esta región. La opacidad, la impunidad, el silencio, se han ido instalando poco a poco, junto con la complicidad de los gobiernos pasados y actuales. Esta guerra por el control territorial y exterminio de los que ahí vivimos es un proceso paulatino que ha ido escalando durante las últimas décadas. A tal grado que se ha vuelto nuestra “nueva normalidad”. En los últimos años ya arrasa también las regiones de montaña baja y montaña alta de Guerrero. En estos territorios, la gran mayoría tenemos un familiar desaparecidx, una amiga a la que asesinaron, una vecina víctima de feminicidio. En mi caso, fueron todas estas y muchas otras personas que nos han arrebatado. Uno va avanzando por la vida esperando y pidiendo cada día que no le toque a su familia, a sus hijxs, a sus padres, a su pareja, a una hermana o a uno misma…

El mar de la violencia en todo el estado de Guerrero se acrecienta y va cambiando de rostro, pero nunca disminuye, es un espiral que sigue creciendo, en las 8 regiones del estado de Guerrero. Estas guerras de antaño, ya aparecen en los noticieros nacionales e internacionales. Y algunos oportunistas salen a opinar sobre una situación que hemos vivido en nuestro cotidiano desde hace años, como si la acabaran de descubrir.

¿A qué nivel tuvo que llegar esta violencia, para que por fin, se hablara de estas tragedias de desplazamientos?, como lo ocurrido recientemente en la zona de Chilapa. Pero, esto es solo la punta de la pirámide, estas historias son una de las tantas historias de comunidades que necesitan conocerse, nombrarse para acompañarlas y no olvidar que son víctimas de las guerras actuales por controlar Guerrero.

Ahora que se abrió la mirada y la indignación en el mundo, hay que seguir preguntándonos ¿Cuántos desplazamientos silenciosos, violentos y masacres han ocurrido estos últimos años en los pueblos de las Montañas? ¿En todo el Estado de Guerrero, en todos los territorios indígenas en México? ¿Y cuántas muertes silenciosas ha habido que ni siquiera se escuchan, ni siquiera llegan a ser cifras porque no logran ser ecos?. Esta debe ser una pregunta para plantearnos cotidianamente, así como cotidiano se volvió hablar de la violencia.

De pronto, un día matan a una familia con todo y niños en una comunidad me’phaa de Zapotitlán Tablas. Y esta misma escena se repite con otra familia en menos de una semana en otra comunidad de la montaña alta…y así se repite la historia por años. ¿Indignación internacional? ¿Notas de periódicos nacionales? ¿Medidas gubernamentales? No, lamentablemente se quedan en el silencio hacia afuera.

A lo más que logran llegar (si es que llega la noticia) es a una nota amarillista de un periódico local o un posteo de Facebook de los pobladores del municipio… o cuando los militares rocían a unas niñas desde un helicóptero, porque se encontraban cerca de unos cultivos de amapola. Se les desprende la piel y mueren después de unas horas. ¿Merece siquiera una nota? Claro que sí, pero para la narrativa oficial sobre la situación de la violencia no. Intimidan a los familiares y el asunto se hunde en el silencio otra vez.

Vivimos rodeados por este gran silencio. Lo que ocurre en Guerrero se queda en Guerrero. Y lo que sale en los periódicos es como pornografía de la muerte. Cuando ven lo que nos pasa, dicen cosas como “Allá se matan mucho de por sí” o “Estos de Guerrero son bien aguantadores, ya tienen costumbre”. O simplemente, la sociedad se alivia de no vivir aquí. ¡Pero que conste que en todo Guerrero estamos hartas y hartos de esta situación! Y no desde ayer…llevamos años.

Esta acumulación de impunidad y falta de atención de parte de las autoridades es la que permite la erupción actual y esta situación mortífera que estamos viviendo en nuestro cotidiano. Vivimos dentro de la caldera de un volcán. Y nadie viene a sacarnos de ahí. Todo el mundo hace lo que le place. Es el reino donde se permite todo. Los militares, los policías, los narcotraficantes, los ladrones, los sicarios, andan actuando como si no hubiera mañana y con completa licencia.

Así lo relata Rosa, una mujer indígena ñuu savi, de una comunidad del municipio de Cochoapa el Grande. Ella presenció la muerte de su cuñada, su hermana y su hermano. Mientras regresaban todas de su comunidad, fueron emboscadas. Las persiguieron por un rato y posteriormente las alcanzaron y las ejecutaron en un crucero del municipio, que se volvió un crucero de la muerte. La ley que impera en esta región es de quien porta un arma y la detona para demostrar su poder.

“Mi hermano quería trabajar. Salimos a trabajar al norte, juntamos dinerito y pues pusimos una pequeña tienda. Pero esta gente no quiere que nadie entre sin pedirles permiso. Mi hermano no quiso hacer caso, por eso nos corretearon y mataron a toda mi familia. Ahora quedaron huérfanos los niños. Son muy chiquitos. ¿Qué van a hacer sin papá, sin mamá?”, nos comenta, entre un llanto atragantado por ser testigo de unas ejecuciones que le atravesaron la vida.

Si hablamos a nivel de comunidades enteras, son importantes de mencionar los casos de Tierra Blanca y de San Cristobalito, ambas comunidades del municipio de Cochoapa el Grande. Desde el 2020, han padecido ataques armados sistemáticos, asesinatos y estos episodios provocaron el desplazamiento forzado de varias familias de estas comunidades. Estamos hablando de cientos de personas. De igual forma, estos hechos no se volvieron noticias, motivos de indignación o de una intervención por parte del estado. Y hasta la fecha, no hay detenidos por los asesinados y desaparecidos de ambas comunidades, aunque las familias quedaron con las vidas quebrantadas y fueron desplazadas por toda la región.

En los municipios de Cochoapa el Grande y Metlatónoc, durante la última década, decenas de familias fueron desplazadas por la violencia. Y antes de los desplazamientos, se fue instaurando un clima de secuestros y ejecuciones a plena luz del día, extorsiones en caminos, asaltos y cobros de piso, enfrentamientos y feminicidios. Este contexto aún no termina, está tan vigente que familias enteras son obligadas a huir de su propio territorio para no morir. Pero de esto, no se escucha fuera de la región.

El silencio es abrumador. Nos duele. Nos encierra en esta situación asfixiante. Solo nos queda cuidarnos y protegernos entre la comunidad ante el vacío de autoridad y complicidad de los gobiernos municipal, estatal y federal.

En Cochoapa el Grande, el corredor que conecta el Cerro de la Garza ha sido el epicentro de asaltos, torturas, ejecuciones y desapariciones. Es un lugar emblemático que cruza la Montaña rumbo a la Costa Chica hacia el municipio de Tlacoachistlahuaca. En los últimos 5 años, un grupo de pistoleros ha sometido a la población y ha obligado a los transportistas locales a trabajar y traficar para ellos. Quiénes no quieren trabajar para ellos, inmediatamente, son ejecutados. Hasta la fecha, este camino está regado con la sangre de los pobladores de esta región: hay al menos 20 personas ejecutadas sobre este tramo carretero. Muchos de estos asesinatos se quedan sin reportar, porque las familias de las víctimas no se atreven a denunciar. Y si denuncian, pueden correr la misma suerte o alguien de sus familias amanecer ejecutado o desaparecido. Al final, se tienen que quedar a vivir en la región, no tienen a dónde ir, este es su territorio. Aparte, no hay ninguna garantía de que las autoridades resuelvan el caso una vez que se denuncie. Al contrario, la experiencia les enseña que la impunidad es la regla. Hablar sería exponerse a represalias y a más muertes.

En esta zona, casos como los de Cirilo y de Agustina son emblemáticos de las tragedias cotidianas que se viven. Él era el líder de su comunidad. Huyó una primera vez cuando intentaron asesinarlo en una emboscada. Recibió una bala en la cara, pero sobrevivió y al año siguiente decidió regresar a su pueblo. Se enfrentó de nuevo a los caciques pistoleros de la región. ¿El resultado? Esta vez sí lograron ejecutarlo.

Esta misma comunidad también conserva grabada en su memoria la ejecución de Agustina, una mujer que corrió la mala suerte de ir conduciendo la camioneta donde viajaba junto con su esposo. Ambos fueron emboscados e intentaron asesinarlos. Ella estaba embarazada en el momento en que ocurrieron los hechos y su bebé seguía vivo dentro de su vientre. Intentaron llevarla al hospital Tlapa de Comonfort y luego a Acapulco. Al final, Agustina falleció, pero su bebé sí nació. Agustina dejó a 4 hijos menores detrás de ella, con el trauma de haber perdido a su madre en medio de esta guerra.

La comunidad decidió realizar un entierro colectivo, porque la ejecución de Agustina no era dirigida a esa familia en particular, sino a toda una comunidad. Se trataba de asustarlos y empujarlos a dejar su pueblo. La comunidad rezó mucho para que se salvará la bebé de Agustina. Lo vieron como un milagro. Hoy en día Mateo, el esposo, se quedó a cargo de la familia. Y su hija mayor, de 16 años, es la que ayuda a cuidar a los demás hermanitos y hermanitas.

Estas historias solo son unas cuantas de las que vivimos a diario en nuestra región. Y la lista de comunidades que están siendo asediadas en todo Guerrero ya de por sí es bastante larga.

Cuando vemos aparecer en noticieros nacionales y internacionales las recientes entrevistas y reportajes sobre la situación de violencia en Tula, Xicotlán o Alcahuehuetlán, resuenan en nosotras. Nos reconocemos en estas mujeres y personas de la tercera edad de la Montaña Baja que, entre sollozos, cuentan:

“No sabemos quiénes son esas personas, que quieren tampoco sabemos. Pero tenemos mucho miedo. Estamos espantados, no queremos volver a casa. Nos dicen que han quemado todo, pero no podemos regresar a verificar…”

Esto es precisamente lo que anduvimos viviendo durante la última década entre los pueblos de la Montaña alta de Guerrero y que ha ido en incremento. Resuena en nosotras estas historias porque nuestras comunidades han visto estas personas extrañas llegar y asesinar y desplazar de forma cotidiana en los últimos años. Solamente que lo han hecho rodeados y protegidos por la impunidad y el silencio cómplice de las autoridades.

Por esta razón nos parece tan importante éste despertar, esta gran indignación por los recientes desplazamientos en el municipio de Chilapa Guerrero, un cimbrar que está llegando de todos los rincones del mundo. Esto nos da esperanza que algo tiene que cimbrarse. No hay que perder este foco ni la atención.

En las distintas montañas, ese grito se volvió eco y ese eco debería sacudir el mundo. ¡Ya basta! Algo tiene que cambiar. Ya no tiene que ser normal esta violencia que atraviesa nuestras vidas y que nos desplaza de nuestros territorios, que remata nuestra identidad.

Llevamos años y años hundidos en el silencio y la impunidad con historias similares en todas las regiones de Guerrero; se extiende en todo el estado: va desde la región de la Sierra, Tierra Caliente, Costa grande, la región Norte, Centro, Montaña baja, Montaña Alta, Costa chica y desemboca en Acapulco. Y donde los pueblos indígenas quedamos atrapados en medio de las guerras. Cuerpos de mujeres, abuelas, abuelos, pequeños y pequeñas son eliminados, desaparecidos o reclutados por los criminales.

¡Estamos tan cansadas, de verdad, de esta guerra que nos está exterminando lentamente! Llevamos años denunciando las guerras que se viven en la Montaña de Guerrero… y a nadie le importa. Aquí, morir se ha vuelto una costumbre, matar sin ser enjuiciado se ha transformado en una práctica común, y andar con pistola intimidando, desplazando pueblos enteros ¡también!.

De hecho, esta entidad ha sido un laboratorio para experimentar la violencia en sus diferentes formas. Todos los escenarios de muerte que se han generado en la historia del país han pasado por Guerrero. No en vano es que nacemos y aprendemos a defendernos desde pequeños y pequeñas. Porque para vivir en Guerrero se necesita mucho carácter, sobrevivir y sobrellevar tantas cargas, explotaciones, racismos, desprecio, abandono institucional, prácticas de etnocidio, contrainsurgencia, paramilitarismo, extractivismos. Y ahora, durante estos últimos años, han empezado las guerras criminales, las guerras por Guerrero.

Históricamente, tenemos los desplazamientos forzados y las desapariciones forzadas durante la Guerra Sucia, o las masacres de Aguas Blancas o del Charco. También hubo la guerra de contrainsurgencia contra las guerrillas de Lucio Cabañas y de Genaro Vázquez que luchaban y alzaban la voz por los más explotados indígenas y campesinos…En realidad, el Estado mexicano ha jugado un papel activo en el clima de violencia actual, liderando el ejemplo para reprimir y asesinar en Guerrero, ahí se mata gratis dirían en las calles.

Desde pequeñas, cuando escuchamos un helicóptero, no pensamos en otra cosa que en escondernos. Cuando vemos soldados o policías, no pensamos en otra cosa que en huir: no nos sentimos seguras. Mientras que por otros lugares, me di cuenta recientemente, que cuando escuchan un helicóptero la gente piensa que están trasladando a algún enfermo para salvarlo o que están haciendo alguna obra útil. Nosotras estamos muy lejos de esto.

A mi amigo Arquímedes, sus papás lo enviaron sólo en un autobús cuando era niño, porque temían que los soldados llegarán a su pueblo y lo mataran como hicieron con su pueblo vecino, en la masacre de El Charco. Tenía 9 años y solito llegó a la Ciudad de México. Esos años era plena Guerra Sucia. Todavía no sabíamos que el escenario se iba a recrudecer años después con las guerras actuales, las guerras por Guerrero del crimen organizado.

Así crecimos y así seguimos creciendo, blindándonos frente a una situación implacable que no le deseo a nadie. Y no me interpreten mal, nadie debería de crecer así, en un clima así. ¿Los de Guerrero somos aguantadores? No por elección. Porque no hay de otra. Nada y nadie debe de seguir justificando esta situación.

Hoy en día, si estamos hundidos en las guerras por Guerrero, en estas guerras que libran los grupos criminales para controlar nuestros territorios, es en gran parte por controlar rutas de trasiego de drogas y armas, también en asedio a zonas de mineras y turismo, control de los comercios, paisaje a las empresas, el negocio de secuestros, extorsiones, que todo forma parte de estrategias de obtener el poder político y económico a nivel local, estatal y nacional.

¡Estamos tan cansadas, estamos tan agobiadas! Estas guerras actuales se fueron instalando con la complicidad de las autoridades, se fueron intensificando y ahora rebasan todos los niveles. Este momento que estamos viviendo revive las heridas que tenemos grabadas en nuestros cuerpos y nuestras memorias. Nos recuerda que esta guerra no ha acabado, que esta guerra por exterminarnos como pueblos indígenas sigue vigente. Nos duele pensar que no le importamos a la humanidad, más que cuando nos quiere explotar.

Esta guerra es una sensación de muerte,

esta guerra es una mezcla agría de olvido,

de impotencia y rabia

ya no soportamos más vivir encima de la muerte…

Su olor nos repugna

Queremos crecer sin que ella nos siga

Pegada a nosotros como si fuera nuestra sombra

Las mujeres de la comunidad recuerdan con terror el día en que un comando entró a Tierra Blanca, municipio de Cochoapa el Grande. Hablan de las consecuencias que esto tuvo sobre sus vidas y del hecho que tuvieron que salir de su territorio para ir a vivir a la ciudad más cercana, Tlapa de Comonfort, la capital de la región de la Montaña:

“Desde ahí nos enfermamos, nos espantamos, se quedó nuestro espíritu. Ya llevamos más de 5 años enfermas, no nos componemos. El doctor dice que no tenemos nada. Ya no podemos regresar al pueblo, nos vigilan. Ya mataron gente, y otros señores del pueblo nunca aparecieron…”

“Nos da miedo, cuando vamos al pueblo. Andamos de entrada por salida, por si salen en el camino. Ya no se puede caminar como antes. Cuando mi marido sale, rezo mucho para que llegue vivo. Hay muchos que ya no regresan, los matan en el camino o ya no aparecen. Eso me da mucho miedo por este señor [su marido] y por mis hijos. Por eso les digo que mejor ya no regresen al pueblo, que se busque dónde vivir en otro lado. Aquí ya está feo”

“Los niños lloran mucho. Cuando empezaron los balazos [en la comunidad], ya no sabían a dónde esconderse. Pensaban que venían los guachos por ellos, o que se los iban a llevar. Ya no sabemos. Puros balazos, nosotras estamos en medio. Luego no sabemos que quieren, si nomás quitarnos la tierra, o porque nos odian. Eso es muy triste, ya no estamos tranquilos. Cuando escuchamos balazos, ya no podemos ni dormir, ni comer, se nos quita todo. Nos queremos ir, pero a donde, no tenemos a donde ir…”

La violencia criminal, no solo se la aplican a nosotras, también le disparan al espíritu de la Tierra… y esas heridas del territorio ¿tendrán vuelta atrás?.

Estas guerras están causando heridas profundas. Heridas físicas, pero también heridas espirituales. Están enfermándonos.


* Edith Herrera es una mujer ñuu savi (gente lluvia) originaria de la Montaña alta de Guerrero. En los últimos 15 años ha trabajado en diversos procesos organizativos locales así como en colectivos de mujeres y juventudes para la promoción de los derechos de los pueblos indígenas y la construcción de la autonomía de la vida, a partir de saberes y conocimientos milenarios en torno a la salud, al territorio y alimentación tradicional. Actualmente es coordinadora del Espacio Cultural Educativo “TIKOSÓ”.

Fuente: Pressenza.

Fotos de portada e interiores: Oscar Rodriguez Vallotton / Pressenza.



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