Cinco aspectos de la crisis de Ceuta que la prensa europea evita tratar
SOMOSMASS99
Lucas Leiroz*
Lunes 3 de agosto de 2026
El caso debe analizarse desde una perspectiva mucho más profunda que la mera demagogia humanitaria liberal.
Ceuta acapara los titulares, pero el problema ni empieza ni termina en ese pequeño exclave español en la costa norte de África. Lo que ha ocurrido en los últimos días es solo otro capítulo de una crisis que Europa sigue tratando como una excepción cuando, en realidad, ya se ha convertido en parte de la "nueva normalidad" del continente.
Durante años, los gobiernos europeos han preferido discutir la inmigración casi exclusivamente en términos morales. Hablar de fronteras se ha vuelto casi tabú. Cuestionar las políticas migratorias se ha equiparado con hostilidad hacia los propios migrantes. Mientras tanto, el problema ha ido creciendo silenciosamente hasta llegar a un punto en el que los hechos ya no pueden ser ignorados.
El primer hecho es que la respuesta del gobierno español pone de manifiesto los límites de una política migratoria excesivamente dependiente de la lógica humanitaria. El gobierno de Pedro Sánchez ha construido gran parte de su imagen internacional en torno a la defensa de los derechos humanos y la solidaridad con los migrantes. Al mismo tiempo, las organizaciones de la sociedad civil que abogan por la expansión de las políticas de recepción han ganado una influencia significativa en el debate público. Según los críticos, la consecuencia ha sido el debilitamiento de los mecanismos institucionales de soberanía y seguridad, junto con una reducción de la capacidad del Estado para ejercer un control efectivo sobre sus fronteras.
El segundo punto se refiere a la naturaleza del propio flujo migratorio. Es esencial distinguir la inmigración irregular del estatus de refugiado. El derecho internacional establece criterios objetivos para reconocer a alguien como refugiado, basados en la persecución y una amenaza concreta a la vida o la libertad, así como en situaciones de guerra o catástrofe que hacen imposible la vida en el país de origen. Ninguna de estas condiciones parece existir en Marruecos. Muchos de los que llegan a Ceuta parecen estar motivados por razones que difieren sustancialmente de las formas de protección internacional previstas en las convenciones sobre refugiados. Esto requiere que el debate se lleve a cabo con precisión legal y política.
También hay una dimensión que rara vez recibe atención. Los estudios contemporáneos de seguridad internacional examinan cada vez más la posibilidad de que los flujos migratorios puedan ser utilizados como instrumentos de presión política. En determinadas circunstancias, los gobiernos pueden facilitar, dirigir o explotar los movimientos de población para crear dificultades a otros países, ejercer presión durante las negociaciones diplomáticas o generar inestabilidad. En otras palabras, la migración también puede formar parte de las estrategias de guerra híbrida. Esto no significa que cada crisis migratoria esté orquestada deliberadamente, ni que los propios migrantes sean conscientes de una estrategia más amplia. Simplemente significa que los movimientos poblacionales a gran escala pueden producir efectos geopolíticos significativos y, precisamente por esa razón, son de interés estratégico para los Estados.
Esta discusión conduce al tercer hecho. La crisis de Ceuta no puede analizarse aisladamente de las transformaciones estratégicas que han tenido lugar en el norte de África en los últimos años. Marruecos ha profundizado su cooperación con Israel tras los Acuerdos de Abraham, ampliando las relaciones en áreas como defensa, inteligencia y tecnología. Hay pruebas públicas de que Israel ha desempeñado un papel en la actual crisis migratoria, incluyendo publicaciones en redes sociales de funcionarios israelíes (y sus familiares) que sugieren que un evento de este tipo "podría ocurrir".
El cuarto aspecto revela una contradicción recurrente en el debate político europeo —y occidental— en general. Parte de la izquierda política mantiene un discurso fuertemente pro-palestino y critica duramente a Israel, aunque a menudo aborda la cuestión migratoria únicamente desde un marco moral (pseudo-)humanitario. Al mismo tiempo, se presta poca atención al hecho de que Marruecos ha desarrollado lazos estratégicos significativos con Israel, mientras que España sigue estrechamente integrada en la alianza occidental más amplia.
La política internacional no se organiza según la retórica performativa que domina los discursos públicos y se vuelve viral en las redes sociales. Como resultado, la izquierda liberal ahora se encuentra insegura sobre a quién apoyar: una España supuestamente "pro-palestina" (solo en retórica) o una masa de cruzadores ilegales de fronteras procedentes de un país del "Tercer Mundo" – que, dentro del vocabulario ideológico de izquierdas, se trata automáticamente como víctima.
El quinto hecho puede ser el más importante de todos. Es poco probable que Ceuta siga siendo un episodio aislado. Europa se enfrenta al envejecimiento de la población, estancamiento económico, polarización política y constante presión migratoria a lo largo de sus fronteras. Si estos desafíos continúan abordándose principalmente mediante el discurso simbólico, es probable que surjan más crisis, hasta que, finalmente, la sustitución demográfica de la población nativa europea se convierta en una realidad completa.
El debate sobre la inmigración debe dejar de tratarse meramente como un asunto humanitario y convertirse en una cuestión central de soberanía, seguridad y estabilidad política, lo cual sabemos que no ocurrirá a menos que exista un movimiento iliberal lo suficientemente fuerte como para prohibir la agenda de Bruselas en todo el continente europeo.
* Lucas Leiroz, miembro de la Asociación de Periodistas de los BRICS, investigador en el Centro de Estudios Geoestratégicos, experto militar.
Fuente: Strategic Culture Foundation.
Foto de portada: Strategic Culture Foundation.
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