Guerra y paz

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Guerra y paz

SOMOSMASS99

Alfonso Díaz Rey*

Viernes 24 de abril de 2026


«Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra».

- Fidel.


En anterior entrega comentamos que en el centro de la caótica situación internacional actual se encuentran la crisis estructural del sistema capitalista y el proceso de decadencia de su principal potencia, Estados Unidos, país cuyos altos niveles de crecimiento y de desarrollo ─que sus apologistas presumen como «grandeza»─ se han sustentado en el despojo y explotación de pueblos y territorios. 

Los pueblos objeto del despojo y explotación capitalista fueron condenados por el sistema al subdesarrollo y la dependencia estructural; los que resistieron fueron víctimas de la guerra y el exterminio; y dado que una de las principales características de ese sistema es la desigualdad, esta existe también entre los que se consideran los países «más avanzados».  

Un país que desde su surgimiento como nación independiente ha recurrido a esas artes para crecer, desarrollarse y convertirse en potencia es Estados Unidos, quien en las postrimerías del siglo antepasado transitó a la etapa imperialista del sistema mediante la guerra contra España, para apoderarse de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, entre otros territorios. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en la potencia hegemónica del sistema y mantiene esa condición con la práctica de esas artes, acompañadas de la guerra, las amenazas y la mentira. Con tales prácticas persigue una enfermiza obsesión, sustentada en prejuicios religiosos, que le han llevado a considerarse con derecho a dirigir y dominar el mundo. Sin embargo, ante la imposibilidad para superar la crisis y revertir el proceso de declinación, esa potencia imperialista ha optado por la vía de la guerra como una forma de imponer sus intereses y dominio sobre los demás pueblos y países y continuar con el despojo y la explotación para mantener su hegemonía. Por ello, no es casual que mantenga alrededor de 800 bases e instalaciones militares fuera de su territorio; como tampoco lo es el hecho de que en 250 años como país independiente, solamente durante 17 no ha sido protagonista de guerras o conflictos armados.      

La guerra es un mecanismo sin el cual el capitalismo no se puede mantener, y ello se ha agudizado en la fase imperialista del sistema. El capital ─industrial y financiero─ vinculado al armamentismo tiene un gran peso en los países capitalistas desarrollados, sobre todo en Estados Unidos, por lo que la ausencia de guerras, y de manera general, la paz, son un serio obstáculo al ciclo del capital y al proceso de acumulación, agravan las contradicciones del sistema y lo conducen, inevitablemente, a su desaparición.

El control de las fuentes energéticas, así como de los materiales indispensables para el desarrollo científico y tecnológico tiene un carácter estratégico para la principal potencia imperialista. Sin ese control perderá hegemonía y competitividad en aspectos importantes frente a otros países ─el caso de China es el ejemplo más palpable─ a quienes por tal motivo considera sus enemigos.

En este sentido, la política de Estados Unidos con respecto a Venezuela, Irán, China, Rusia, por citar algunos ejemplos, no ha sido producto de la voluntad u ocurrencias de una persona, es una consecuencia de la necesidad que desde hace mucho tiempo tiene de resolver una serie de contradicciones propias del sistema en que vive, mismas que le han conducido a una natural e irremediable decadencia.

En todo caso Trump, con su vasta ignorancia, desconocimiento e incapacidad política y diplomática, errores ─pasados y presentes─, arrogancia, supremacismo, y otros «atributos», ha puesto su sello personal. Le ha tocado el momento en el que su país ha respondido a la realidad de la única forma que conoce y ha practicado durante dos y medio siglos: la guerra.

Toda guerra y cualquier tipo de violencia son condenables. Muestran la incapacidad de resolver problemas mediante el diálogo y el razonamiento; de manera general afectan a los pueblos y no a quienes por su incapacidad o por defender sus intereses las provocan. 

Lo anterior muestra la urgente necesidad de preservar la paz, entendida no solamente como ausencia de violencia y guerras sino como la construcción de condiciones que permitan a quienes habitamos este planeta una vida digna y en armonía con la naturaleza, condiciones que a la vez propicien el respeto, la cooperación y la solidaridad entre los pueblos y entre los individuos.

Como humanidad habría que encontrar la manera de detener los actuales conflictos armados, la violencia que asola a numerosos países, las amenazas y las provocaciones, y no menos urgente es eliminar las causas que conducen a esas situaciones. Ello implica que la lucha por la paz sea, en lo fundamental, anticapitalista, antimperialista y antifascista.

Por tanto, esencialmente, son los pueblos, organizados, quienes pueden construir las condiciones que conduzcan a un ambiente de paz. Los obstáculos no son pocos y son poderosos, no obstante habrá que esforzarse para que la fuerza de la razón triunfe sobre la razón de la fuerza.


* Alfonso Díaz Rey eiembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.

Caricatura de portada: Donald Trump. | Autor: DonkeyHotey.



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