Apagón y bloqueo: La guerra del imperio en Cuba y las grietas en el polo estadounidense
SOMOSMASS99
Príncipe Kapone*
Miércoles 18 de marzo de 2026
Mientras el imperialismo estadounidense aprieta su control sobre el hemisferio mediante la guerra económica, Cuba se encuentra en primera línea, donde la lucha entre la dominación y el desarrollo soberano, entre el mando imperial y la posibilidad multipolar emergente, se libra en tiempo real.

Cuando el asedio aprende a hablar el idioma de la preocupación
Hay un cierto talento que el periodismo imperial cultiva con una disciplina casi sacerdotal: la capacidad de describir el sufrimiento con exquisito detalle mientras se despliega delicadamente alrededor de la mano que aprieta la soga. Ese talento se muestra plenamente en "Trump ha ahogado el suministro de petróleo de Cuba. China está entrando con la energía solar", por Rebecca Tan y Rudy Lu, publicado por The Washington Post el 17 de marzo de 2026. El artículo presenta a Cuba como un país que atraviesa apagones, escasez de combustible y un sistema eléctrico cada vez más frágil, mientras que China aparece como una energía que llega con paneles solares, técnicos y financiación en mano. El movimiento central de la pieza es bastante claro: una isla afectada, un Washington agresivo, un Pekín oportunista y una población abandonada mientras las grandes potencias maniobran sobre su futuro.
Pero el verdadero trabajo del artículo no es simplemente informar de esos elementos. Su verdadero trabajo es organizarlos. Y el arreglo, como todo lector serio de Empire aprende tarde o temprano, nunca es inocente. La historia comienza donde el periodismo liberal suele preferir: con la crisis ya en marcha. Cuba se presenta no primero como objeto de una campaña externa, sino como un lugar de colapso, desconexión y colapso. Los apagones son lo primero. La presión humanitaria es lo primero. La emergencia nacional llega a la página ya respirando con dificultad. Solo después las acciones de Washington entran en el campo narrativo, y aun así lo hacen como una sola presión entre otras, como parte de una escena ya turbulenta, no como la fuerza decisiva cuyo peso contribuye a producir el mismo desorden que ahora se observa solemnemente. Esta secuenciación importa. Enseña al lector, de forma silenciosa y eficiente, a experimentar la herida antes de ser invitado a fijarse en el cuchillo.
La prosa realiza entonces otro truco familiar de poder respetable: toma fuerza y la viste con el traje a medida de la política. Se dice que Estados Unidos está "presionando" a Cuba, "aumentando la presión", intentando forzar negociaciones, buscando concesiones, haciendo amenazas. Todo esto se narra en el lenguaje de la diplomacia, como si el estrangulamiento del acceso de una nación a la energía fuera solo una maniobra más dura en la partida de ajedrez de la diplomacia. En este universo verbal, la presión sigue siendo presión incluso cuando millones de personas son quienes la sienten en sus frigoríficos, hospitales, cocinas, autobuses y lugares de trabajo. El artículo no necesita negar el sufrimiento; simplemente sitúa la fuente de ese sufrimiento dentro de un vocabulario neutral donde la coerción puede seguir aparentando estrategia y el castigo puede hacerse pasar por negociación. Ese es uno de los actos mágicos más antiguos del libro imperial: el club desaparece y, en su lugar, se nos muestra una "opción política".
La pieza también sabe cómo manejar la obscenidad sin que moleste los muebles. El comentario de Trump de que podría "tomar Cuba", que podría hacer "lo que quisiera" con ella, se presenta de forma directa, una pieza de dominación desnuda insertada en el artículo con mínima fricción. Sin embargo, ni siquiera aquí se permite que la declaración reorganice la narrativa en torno a sí misma. No se trata como una revelación de la lógica política. No se despliega como una expresión de una relación mayor. Aparece, parpadea y luego se absorbe de nuevo en la cadencia medida del artículo, como si una declaración abiertamente depredadora fuera simplemente una contribución más a la atmósfera. El resultado es instructivo. Lo que podría haber parecido una ruptura se convierte en textura. Lo que podría haber forzado un ajuste de cuentas se presenta como color. Empire habla de forma burda por un momento, y el artículo, con toda la elegancia de un maître d' experimentado, invita al invitado vulgar de vuelta a la compañía educada.
El papel de China se maneja con igual cuidado, aunque por medios opuestos. Por un lado, el artículo permite claramente al lector ver que los proyectos solares respaldados por China están aportando algo tangible. Se instalan paneles. Se construyen parques. aparecen megavatios. Los números suben. Hay movimiento, equipo, mano de obra, construcción. El texto no puede evitar esto porque la presencia material es demasiado visible para ser deseada de su parte. Sin embargo, este relieve nunca se permite que se mantenga en forma simple. Debe ser seguido, acompañado, disciplinado. Así, junto al lenguaje de la asistencia energética viene el lenguaje del interés estratégico, los lazos de seguridad, las supuestas estaciones de espionaje, las palancas geopolíticas y las ambiciones chinas más amplias en la región. El patrón es sutil pero constante: se reconoce la ayuda, pero nunca queda sin sospechas. El lector puede registrar su utilidad, pero solo bajo supervisión. Puede aparecer ayuda en el escenario, pero un vigilante debe permanecer entre bastidores.
Aquí es donde el equilibrio del artículo resulta especialmente revelador. Presenta repetidamente la presión estadounidense y el apoyo chino como fuerzas superpuestas actuando sobre Cuba, como si la historia esencial fuera la de influencias externas rivales convergiendo en la misma pequeña nación. Ese encuadre produce una imagen ordenada, casi elegante en su simetría. Un lado aprieta, el otro suministra; un bando amenaza, el otro instala; Se dice que ambos persiguen intereses; Todos los caminos vuelven a la competición. Pero esta simetría se fabrica a través del arreglo en lugar de descubrirse mediante la honestidad. Cuba se posiciona menos como un sujeto histórico que vive en condiciones impuestas y más como un escenario en el que otros actúan. La isla se convierte en escenario para el drama de grandes poderes. Su gente aparece principalmente como quienes soportan las consecuencias. Su estado aparece principalmente como aquel que responde bajo presión. Así, la narrativa desplaza el centro de gravedad de la realidad social vivida hacia el espectáculo de la rivalidad internacional, que es, por supuesto, el género cinematográfico preferido de comentario imperial. Los seres humanos permanecen en la oscuridad, y el titular aún encuentra la manera de favorecer la geopolítica.
El artículo estabiliza aún más su narrativa mediante la cuantificación. Los números circulan por la pieza como empleados en un ministerio: valores de exportación, totales de parques, cuotas de electricidad, megavatios generados, proporciones de la mezcla energética. Esto no es casualidad. Los números dan al texto un aire de compostura, de dominio técnico, de estar al mando responsable de una situación volátil. Realizan un trabajo ideológico importante. Tranquilizan al lector asegurándole que la crisis es medible, rastreable, traducida a un lenguaje legible para expertos y directivos. Una vez que se vuelve numérica, la catástrofe puede hacerse comprensible administrativamente. El problema puede ser grave, pero ahora está documentado. La oscuridad puede estar extendida, pero tiene porcentajes. La miseria entra en la hoja de cálculo y surge como información. Esta es una de las consolaciones favoritas del periodismo burgués: si podemos contar el sufrimiento, quizá aún no necesitemos preguntarnos demasiado duramente por qué se impone.
Y entonces, igual que la presión de la pieza podría forzar preguntas más difíciles, la narrativa se acerca suavemente al horizonte de la futuridad técnica. Pilas. sistemas de almacenamiento. Mayor capacidad. La siguiente etapa de desarrollo. El final mira hacia adelante, no hacia atrás. Hace un gesto hacia lo que Cuba "necesita a continuación", hacia lo que la innovación y la inversión futura aún pueden lograr. Esta maniobra no niega la crisis. La domestica desviando la atención del lector hacia las soluciones finales. El antagonismo estructural retrocede; avances prácticos en resolución de problemas. Así, la crisis recibe una vía de salida, no mediante la clarificación política, sino mediante la anticipación tecnológica. Casi se puede oír el sermón silencioso bajo la prosa: sí, las cosas son graves, pero vienen soluciones, avanzan los proyectos, la maquinaria de adaptación está en marcha. De este modo, el artículo deja al lector no con una sensación aguda de la relación que se está narrando, sino con una complejidad manejable y moderada.
Lo que emerge del conjunto no es propaganda burda al estilo de los dibujos animados antiguos, donde los villanos se enroscan bigotes y los editores espuman por la boca. Es algo más refinado y, por tanto, más útil para quienes gobiernan el mundo. El artículo es cuidadoso, medido, informado, exteriormente humano. Eso demuestra dificultades. Cita muchas voces. Evita el frenesí. Y precisamente a través de ese profesionalismo tranquilo, enseña al lector a habitar la escena sin romper con sus supuestos que lo dominan. Cuba merece lástima, quizá incluso simpatizar con ella, pero no se entiende de una manera que rompa la gramática del discurso aceptable. Trump puede sonar excesivo, pero no revelador. China puede ser útil, pero nunca de forma inocente. La crisis puede ser terrible, pero sigue siendo un evento que debe gestionarse de forma interpretativa y no una relación que se pueda mencionar claramente. Esa es la genialidad de este tipo de artículo. No silencia la realidad. Organiza la realidad en una forma que puede ser consumida con seguridad por lectores de imperio que prefieren que su conciencia esté perturbada, pero no radicalizada.
Detrás de los apagones se esconde una larga guerra contra la vida cotidiana
El artículo en proceso de excavación no es incorrecto al describir a Cuba como alguien que vive una grave emergencia energética. Pero lo que deja fragmentado, tenemos que reconectar. Cuba ha estado sufriendo apagones crecientes, escasez de combustible y averías en un sistema eléctrico envejecido, y la Relatora Especial de las Naciones Unidas, Alena Douhan, informó en noviembre de 2025 que los apagones en algunos lugares duraban hasta 18 horas al día. Eso no es una simple molestia. Significa comida estragada, bombeo de agua interrumpido, transporte interrumpido, hospitales debilitados y el desgaste general de la vida social debido a la escasez organizada.
Para entender concretamente la crisis energética, también debemos mirar dentro del propio sistema. La red eléctrica de Cuba depende en gran medida de la generación termoeléctrica basada en petróleo, gran parte sostenida por plantas envejecidas y obsoletas, que tienen décadas de antigüedad y operan en condiciones degradadas. Estas instalaciones han sufrido escasez crónica de combustible y acceso restringido a los suministros, mientras que la subinversión a largo plazo ha erosionado aún más su rendimiento. Como resultado, las repetidas averías en las centrales termoeléctricas han provocado apagones a nivel nacional, revelando un sistema eléctrico tenso tanto por el deterioro interno como por las presiones externas del bloqueo económico. La escasez crónica e inducida artificialmente de repuestos y capacidad de mantenimiento ha reducido la eficiencia y la fiabilidad, mientras que las reservas internas del país incluyen crudo pesado con alto contenido de azufre, una estructura energética que durante mucho tiempo ha impuesto restricciones técnicas y reforzado la dependencia de los productos petrolíferos importados. Esto no es simplemente mala gestión. Es una estructura energética históricamente heredada bajo condiciones en las que la modernización se ve obstaculizada sistemáticamente.
Decir que esta crisis es solo por un fallo es hablar como un hombre admirando una casa en llamas mientras se niega a mencionar al incendiario. La Asamblea General de las Naciones Unidas volvió a votar abrumadoramente en octubre de 2025 a favor del fin del embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba. Año tras año, Washington se mantiene casi solo en defender una política que gran parte del mundo considera ilegítima, cruel e históricamente agotada.
La resolución de la ONU adoptada en 2024 y las sesiones de la Asamblea General de 2025 dejan claro que este bloqueo sigue vigente, se hace cumplir y tiene consecuencias económicas. Opera mediante presión extraterritorial: castigando a terceros, disuadiendo el comercio y reduciendo el espacio material dentro del cual debe funcionar la sociedad cubana.
Esta presión se hace más visible en el sector energético a través de los propios mecanismos del comercio global. Los envíos de combustible a Cuba se han visto interrumpidos y reducidos bajo la presión de las sanciones estadounidenses, ya que los operadores de petroleros enfrentan el riesgo de ser incluidos en listas negras, incautaciones y acceso restringido a los mercados globales. Los buques autorizados se han visto obligados a realizar operaciones evasivas de "flota en la sombra", mientras que incluso los proveedores estatales reconsideran las entregas ante temores a represalias estadounidenses. Las instituciones financieras dudan en procesar pagos, la cobertura del seguro se vuelve difícil o imposible de conseguir, y las transacciones se retrasan o bloquean. El combustible no simplemente no llega: se impide que llegue a través de un sistema diseñado para hacer que el comercio normal sea prohibitivamente arriesgado.
El marco de sanciones contra Cuba del Tesoro de EE. UU. establece restricciones que afectan directamente a la capacidad de Cuba para acceder a los sistemas financieros internacionales. Esto se traduce inmediatamente en vulnerabilidad energética. Sin un acceso estable a divisas, las compras de combustible se vuelven inconsistentes. Sin crédito, las compras al por mayor se vuelven difíciles. Por tanto, la crisis energética es también una crisis financiera: una escasez eléctrica enraizada en la restricción monetaria.
Esta limitación se ha profundizado con el tiempo. Durante años, el sistema energético cubano se estabilizó parcialmente mediante la integración regional. Venezuela servía como principal proveedor de petróleo de Cuba, proporcionando aproximadamente la mitad de las necesidades energéticas de la isla bajo acuerdos de cooperativa, formando parte de un marco más amplio de solidaridad latinoamericana. Pero este sistema fue interrumpido por la fuerza. Tras el ataque estadounidense contra Venezuela, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y el endurecimiento de las sanciones, se detuvieron los envíos de petróleo venezolano a Cuba. Con las exportaciones de petróleo de Venezuela simultáneamente limitadas por sanciones y incautaciones de petroleros, el resultado no fue simplemente una disminución del suministro, sino el desmantelamiento de una línea vital energética regional. Lo que antes funcionaba como un sistema alternativo de intercambio fue reabsorbido en una estructura cada vez más dictada por el poder coercitivo estadounidense sobre los flujos energéticos globales.
Los efectos de estas presiones superpuestas van más allá de la propia energía. El turismo, una fuente importante de divisas para Cuba, ha tenido dificultades para recuperarse hasta los niveles previos a la pandemia, con un número de visitantes muy por debajo de las proyecciones iniciales y menos de la mitad de los niveles de 2019, lo que limita la capacidad del país para ganar la moneda dura necesaria para importar combustible. Esto no es una coincidencia—es una cadena de causa y efecto. Menos turistas significa menos dólares; menos dólares significan menos importaciones de combustible; Y menos importaciones significan noches más largas sin electricidad. El apagón no es el comienzo de la crisis—es su síntoma final. La verdadera crisis es una economía que se va asfixiando poco a poco.
Los hallazgos de Douhan confirman que estas sanciones afectan a casi todos los sectores de la vida, desde la seguridad alimentaria hasta la sanidad. La investigación de Oxfam muestra además cómo estas presiones recaen fuertemente sobre los hogares y el trabajo de cuidado. El bloqueo no es una política abstracta. Es un sistema que penetra en la vida diaria.
Al mismo tiempo, la tan comentada expansión solar debe entenderse en sus condiciones reales. China domina las cadenas de suministro solares globales, lo que la convierte en un actor central en la transición de Cuba. Pero la energía solar es intermitente, dependiente de sistemas de almacenamiento que siguen siendo caros y difíciles de escalar. La infraestructura de la red debe adaptarse para integrar la generación distribuida. Esto no es una simple sustitución de las tecnologías. Es una transformación a largo plazo que se intenta bajo una fuerte restricción externa.
Lo que surge, entonces, no es una simple historia de fracaso o recuperación. Es un sistema bajo presión desde múltiples direcciones: un sistema eléctrico dependiente del petróleo dominado por la generación termoeléctrica, acceso restringido a los mercados globales de combustibles bajo sanciones y medidas de bloqueo estadounidenses, aislamiento financiero impuesto por el régimen de sanciones estadounidense, disminución de ingresos turísticos que limita las entradas de divisas y una transición incompleta y limitada hacia energías renovables. El apagón no es un fallo aislado. Es el resultado visible de que estas fuerzas actúen juntas.
Ese es el terreno que el artículo solo revela parcialmente. Muestra la oscuridad. El registro más amplio revela la maquinaria que lo produce.
Fortaleza de Estados Unidos y el Campo de Batalla de Energía
El apagón en Cuba no es un misterio, y no es simplemente el resultado de un fracaso interno. Lo que vimos en la sección anterior lo deja claro. Un sistema termoeléctrico envejecido, ya sobrecargado por décadas de uso, ahora opera en condiciones donde el combustible es limitado, las piezas de repuesto son difíciles de conseguir, los canales financieros están bloqueados y los sistemas de soporte regionales se han debilitado. El resultado no es accidental. Es el resultado previsible de una guerra económica actuando sobre una infraestructura energética históricamente limitada.
El imperialismo estadounidense no solo ha "presionado" a Cuba. Ha atacado la base material de la sociedad cubana: su capacidad para generar electricidad, mover bienes, conservar alimentos y sostener la vida. Cuando los envíos de petróleo se obstaculizan mediante sanciones sobre el transporte marítimo, la banca y los seguros, la consecuencia no es un apalancamiento abstracto. Es oscuridad. Son hospitales que operan bajo presión. Son los sistemas de agua fallando. Son trabajadores reorganizando sus vidas en torno a la inestabilidad. Así es como se ve la guerra económica cuando alcanza el nivel de reproducción social.
Y Cuba no está siendo tratada así de forma aislada. El mismo sistema que restringe el combustible a La Habana ha restringido, con el tiempo, los arreglos energéticos regionales que antes proporcionaban estabilidad parcial. El debilitamiento de los flujos de petróleo venezolanos—impulsado por sanciones y asedio económico—no afectó únicamente a Caracas. Desestabilizó toda una red de cooperación que había permitido a países como Cuba obtener energía fuera del control imperial directo. Lo que estamos viendo no es una operación de objetivo único, sino el desmantelamiento de un sistema regional alternativo.
Aquí es donde entra en escena la estrategia más amplia. En todo el hemisferio, se está ejerciendo presión de diferentes formas —contra gobiernos, contra recursos, contra procesos políticos— para asegurar la alineación con los intereses estadounidenses. La energía está en el centro de este esfuerzo porque es la condición de toda otra actividad. Un país que no puede producir electricidad de forma fiable no puede sostener la industria, el transporte, la sanidad ni la vida diaria. Controla la energía, y controlas los límites dentro de los cuales puede existir una sociedad. Esto no es simplemente política exterior. Es la imposición de la dominación en el nivel mismo de la vida.
En este sentido, la intensificación de la presión sobre Cuba adquiere un significado claro. Estados Unidos intenta asegurar su posición en un hemisferio donde su dominio ya no está garantizado. El endurecimiento de las sanciones, la restricción del combustible y las amenazas abiertas de adquisición apuntan hacia una orientación más amplia—una orientada a asegurar la región política y económicamente a medida que cambian las condiciones globales. Cuba se encuentra directamente en el camino de esa consolidación.
Cuba ocupa una posición decisiva en esta lucha. No es simplemente otro país enfrentando dificultades. Es un ejemplo duradero de resistencia antiimperialista, una sociedad que ha sobrevivido a décadas de bloqueo mientras intenta organizar su desarrollo fuera del control directo de la capital estadounidense. Su existencia continuada bajo estas condiciones tiene peso político. Demuestra que la sumisión no es inevitable. Para un imperio que busca reafirmar el control, ese ejemplo es peligroso.
Pero la historia no termina con presión. Incluso en condiciones de fuerte restricción, nuevos elementos están entrando en el campo. La expansión de la infraestructura solar en Cuba, apoyada a través de la colaboración china, es uno de esos avances. Por sí sola, no resuelve la crisis. La generación solar es intermitente. Los sistemas de almacenamiento siguen siendo caros. La propia red requiere adaptación. El país sigue siendo, por ahora, muy dependiente de los combustibles fósiles. Pero algo importante ha cambiado.
La energía está empezando a llegar, aunque en parte, a través de canales no controlados por Estados Unidos. Esto altera la estructura de la dependencia. Cuando una parte de la electricidad puede generarse sin depender completamente del combustible limitado por sanciones, el control total del control imperial se debilita. No completamente, no limpiamente, pero sí materialmente. Un país sitiado gana margen de maniobra. Puede estabilizar partes de su sistema. Puede planificar más allá de la supervivencia inmediata. Puede actuar, aunque solo sea dentro de un margen estrecho, fuera del mando imperial.
Al mismo tiempo, las presiones creadas por este asedio no dejan inalterada la estructura interna de la sociedad cubana. La restricción del combustible, la escasez de divisas y los límites impuestos a la participación en los mercados globales generan una necesidad de recursos que no siempre puede satisfacerse internamente. Bajo estas condiciones, el Estado cubano ha ampliado ciertos canales económicos, incluyendo un mayor espacio para la inversión de cubanos residentes en el extranjero. Esto suele presentarse externamente como reforma o retirada. En realidad, es una adaptación bajo presión—una respuesta a las limitaciones materiales impuestas desde fuera.
Pero esta adaptación tiene sus propias contradicciones. La diáspora cubana no es un actor económico uniforme ni neutral. Incluye trabajadores, pequeños empresarios y profesionales, pero también elementos históricamente vinculados a la política contrarrevolucionaria y la integración en el capital estadounidense. Abrir espacio para este capital es, por tanto, introducir nuevas tensiones: presiones hacia la desigualdad, la diferenciación y la influencia externa que deben gestionarse dentro del proyecto socialista más amplio. Lo que parece ser flexibilidad económica es, al mismo tiempo, un escenario de lucha sobre la dirección misma del desarrollo.
Esto revela la lógica más profunda de la estrategia imperial. El objetivo no es solo romper Cuba mediante la privación. También es remodelarlo por necesidad—crear condiciones en las que la supervivencia requiera una acomodación parcial al capital externo. En este sentido, el bloqueo opera no solo como herramienta de destrucción, sino como mecanismo de transformación, empujando a la economía cubana hacia formas de integración que pueden erosionar su autonomía con el tiempo.
Lo que vemos, entonces, es una contradicción en capas. Por un lado, el imperialismo estadounidense intensifica su asalto económico, buscando restringir las condiciones materiales de vida y reafirmar el control sobre el hemisferio. Por otro, nuevas formas de cooperación—desiguales, limitadas pero reales—comienzan a abrir caminos para el desarrollo fuera de ese control. Y dentro de Cuba, las adaptaciones para sobrevivir a estas presiones introducen nuevas tensiones internas que deben ser gestionadas con cuidado.
Por tanto, la crisis energética no es solo un problema técnico. Es un campo de batalla. Es donde el imperialismo intenta imponer su poder restringiendo las condiciones de existencia, y donde una sociedad sitiada lucha por mantener y ampliar su capacidad de vivir y desarrollarse en sus propios términos. El resultado no se determinará por un solo factor, sino por cómo se resuelvan estas presiones externas y contradicciones internas en el curso de la lucha.
El apagón nos muestra la presión. Las alternativas emergentes nos muestran la posibilidad. Los ajustes internos nos muestran la tensión. Juntos, revelan una sociedad que lucha no solo por sobrevivir, sino por determinar los términos de su propio futuro bajo condiciones diseñadas para negarle esa elección.
Romper el bloqueo, defender la soberanía, construir el futuro
Si Cuba fuera solo una isla lejana en crisis, esto podría tratarse como un asunto de comentario y preocupación. Pero lo que hemos visto hace imposible mantener esa posición. El apagón no está lejos. Es el producto de un sistema que opera a nivel global, incluso dentro de Estados Unidos. Las mismas estructuras que niegan combustible a Cuba niegan vivienda, sanidad y estabilidad a millones en casa. No son dos realidades separadas. Es un sistema que se expresa en diferentes formas. Por tanto, apoyar a Cuba no es caridad. Es un claro reconocimiento de una lucha compartida contra la dominación imperial.
En todo Estados Unidos y más allá, esa lucha ya tiene una expresión organizada. Grupos como la Red Nacional sobre Cuba, CODEPINK, la Coalición ANSWER e IFCO/Pastores por la Paz han construido campañas sostenidas contra el bloqueo, combinando presión política, educación pública y ayuda material. IFCO/Pastors for Peace continúa organizando delegaciones que rompen el aislamiento impuesto por la política estadounidense, construyendo relaciones directas entre personas que ninguna sanción puede romper del todo.
No son esfuerzos simbólicos. Son frentes concretos en una lucha por desmantelar la maquinaria de la guerra económica. Las campañas para acabar con el bloqueo, restaurar el acceso al combustible, normalizar el comercio y defender el derecho de Cuba al desarrollo no son demandas abstractas. Son demandas que, si se logran, afectarían inmediatamente a las condiciones de vida: estabilizar el suministro energético, fortalecer los servicios públicos y ampliar el espacio para la planificación soberana. La lucha contra el bloqueo es, por tanto, inseparable de la lucha por mantener las luces encendidas, para mantener en funcionamiento los hospitales, para mantener la comida en movimiento y para mantener intacta la vida diaria.
Al mismo tiempo, la lucha también debe entenderse internacionalmente. En todo el Sur Global, los países están explorando formas de cooperación que reduzcan la dependencia de los sistemas financieros y energéticos controlados por Occidente. Las iniciativas asociadas con los BRICS y los esfuerzos más amplios de integración Sur-Sur representan intentos—desiguales, incompletos pero reales—de construir vías alternativas para el desarrollo. Para países como Cuba, estos caminos no son lujos ideológicos. Son líneas materiales de vida que amplían la posibilidad de supervivencia y planificación a largo plazo bajo condiciones de presión externa.
Para quienes viven en el núcleo imperial, la responsabilidad es clara. No basta con oponerse a la guerra en abstracto ignorando las formas de guerra económica llevadas a cabo en nuestro nombre. No basta con criticar la política sin organizarse en su contra. El bloqueo persiste no solo por el poder estatal, sino también por la pasividad política donde debería haber resistencia. Eso debe cambiar. Trabajadores, estudiantes y comunidades deben conectar sus propias luchas—contra la austeridad, contra la privatización, contra la explotación—con la lucha más amplia contra el imperialismo en el extranjero.
Esto significa construir organizaciones que puedan soportar la presión a lo largo del tiempo. Significa unirse a movimientos existentes, fortalecerlos y ampliar su alcance. Significa enfrentarse a las narrativas que justifican las sanciones y exponer sus verdaderas consecuencias. Significa apoyar medios independientes que desafían la propaganda imperial, contribuir a esfuerzos de ayuda material que llegan a quienes están sitiados y participar en campañas que atacan directamente a las instituciones responsables de hacer cumplir el bloqueo.
También significa entender claramente lo que está en juego. La lucha por Cuba no es solo un país. Se trata de si las naciones pueden determinar su propio camino, si el desarrollo puede producirse fuera del control imperial y si las clases trabajadoras del mundo pueden superar un sistema que impone la escasez para mantener el poder. La resistencia de Cuba bajo asedio forma parte de un movimiento global más amplio, uno que se extiende a través de continentes y conecta luchas que a menudo se tratan como separadas pero que, en realidad, están profundamente vinculadas.
El imperio se organiza a nivel global. Coordina su poder económico, político y militar entre las regiones. La respuesta debe estar igualmente coordinada. La solidaridad debe convertirse en estrategia. La indignación debe convertirse en organización. La defensa de Cuba debe entenderse no como un solo asunto, sino como parte de una lucha más amplia por un mundo en el que la soberanía sea real, el desarrollo no se castigue y la clase trabajadora ya no se vea obligada a sobrevivir bajo sistemas diseñados para mantenerla subordinada.
El bloqueo puede terminar. La presión puede resistirse. El futuro no está fijo. Pero nada de esto ocurrirá por sí solo. Depende de si las personas actúan—colectivamente, conscientemente y con la misma determinación que ha permitido que Cuba misma perdure. La elección no es abstracta. Es inmediato. Apoya el imperio o apoya a quienes luchan por construir algo más allá de él.
Fuente: Información Armada.
Imagen: Información Armada.
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